-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Porque una vez renegué.

¿Qué hacer cuando no quedan valles por los que perderse, ni un país extranjero para desaparecer, ni un puerto nuevo donde plegar las velas?
¿Qué hacer cuando confundo lo claro con lo ambiguo, cuando se hace dulce la abulia, cuando todo da vueltas pero mis pies están firmemente pegados al asfalto?
¿Qué hacer con los dolores de cabeza, los nudos en la garganta y los intestinos enlazados si no hay ningún botiquín a mano?
¿Qué decir, en qué pensar, cómo no quebrarme?
¿Cómo no quedarme atrancada, cómo no taparme los ojos y fingir que no hay nada más allá?
¿Qué hacer si los sentimientos se disfrazan, si las palabras encubren y los gestos desorientan?
¿Qué hacer sino buscar una esquina que quedó olvidada, agazaparme donde sólo yo me vea y reconocerme como el ser del que una vez renegué?

Terry Pratchett.

Curioseando el otro día por la red, descubrí la existencia de una película que Vadim Jean (dirigiéndola y adaptando el guión) llevó a la pequeña pantalla. Su nombre es Hogfather y está basada en la novela homónima de Terry Pratchett.
Y leí la siguiente frase, perteneciente a un diálogo entre la Muerte y la protagonista Susan, su nieta:
"Then take the universe and grind it down to the finest powder, and sieve it through the finest sieve, and then show me one atom of justice, one molecule of mercy".
Traducido a nuestro castellano sería algo así como "entonces coge el universo y muélelo hasta el polvo más fino, y tamiza este polvo a través del tamiz más fino, y después enséñame un átomo de justicia, una molécula de misericordia".

Voy a ir corriendo a buscar ese libro. Después de saber que contiene una frase así, creo que lo necesito.

La locura.


La locura, a veces transitoria, a veces tan larga como la vida. Me acompaña y me abandona cuando le place, siempre tan poco diplomática, me sigue a distancia o va tres zancadas por delante de mí, augurando mis futuros movimientos. Ella ha sido mi camarada lo que lleva durando mi existencia: no me imagino un yo sin ella ni me la imagino emancipada de mí, como dos hermanas siamesas que están condenadas a aguantarse, y en ocasiones se aman y en otras se detestan con tanta fuerza que quisieran poder romper los jirones de piel que las unen. Ella es la mejor conversación en los momentos de soledad, los desvíos de mi camino y los letreros que me reubican, la fuerza que me falta cuando hay que dar un paso al frente, la otra mitad de mi yo. Mi compañera. Y a veces la odio y otras la adoro, y el resto del tiempo estamos tan ocupadas discutiendo que no tenemos tiempo de pensar en nada más. Ella me dice que salte, yo retrocedo unos centímetros. Ella me habla de libertad y yo cedo un poco, casi imperceptiblemente. Ella salta y yo voy detrás, culpándola por obligarme a seguirla.
Sabiendo que ésto es sólo una excusa.
Ella quiere caer de golpe, reventarse las rodillas, y yo tiro del aire hacia abajo y al final caemos con un golpe suave. Ella está loca y yo cuerda. O quizá sea al revés. Lo importante es que nos queremos porque nos salvamos mutuamente una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...


La fotografía está tomada de una obra de danza contemporánea titulado Un gramo de locura, creada, dirigida e interpretada por Eva Bertomeu y Fernando Hurtado :):)

La rabia y los sueños.

Recordaba, una y otra vez, como las idas y venidas de un autobús a través de la cuidad, la letra de una canción que creía perdida en algún recóndito rincón de su memoria. Nos queda la rabia y nos quedan los sueños. Y la oscuridad la iba envolviendo, y la Luna se arrastraba a través del cielo añil dejando tras de si su rastro de plata. Y el sueño no llegaba, y la melodía resonaba entre sus tímpanos sin descanso.

Pensaba en la rabia, tan fuerte, tan inmediata, tal que si fuese un cuchillo afilado que sesgase límpidamente su vida por la mitad. Casi sintió su estómago herido cauterizándose. No había sangre ni huella alguna. Ni siquiera sentía el dolor punzante cerca de su garganta.

Y luego pensaba en los sueños, tantos y tan grandes, tangibles como la materia y al segundo siguiente tan etéreos como el aire.

Y sentía la pugna en sus adentros, la rabia armada y los sueños negándose a sucumbir. Y oía el ruido del metal chocando y de las chispas cortando el oxígeno. Y en ocasiones parecía que había un ganador, pero seguidamente el adversario resurgía de sus cenizas. Y pasaban las horas.

Y en su interior todavía perduraba la lucha, y lo hizo durante mucho tiempo. Y con el paso del tiempo aprendió buenas técnicas, grandes asociaciones. Ahora sabe que la energía que desprende la rabia puede ser el motor de sus sueños. Ahora ya no hay lucha, sino una unión casual que es el alimento que le hace correr a través de las horas…

Conmigo, a pesar de que no me lo merezca.


A veces pasa con algunas personas: desde el mismo instante en que se las la conoce se sabe que van a tener un papel muy importante en tu vida. Llamémoslo intuición. O instinto, me es igual. El caso es que algo en el aire cambia y empiezas a respirar entrecortadamente, mientras el corazón bombea sangre más rápido de lo habitual. Un escalofrío de ganas locas e impacientes de conocer a aquella persona recorre tu cuerpo como una corriente de electricidad. Y entonces no hay nada que hacer: irremisiblemente, esa persona se acaba convirtiendo en uno de los mejores amigos que vas a tener a lo largo de tu vida.
Sin embargo, otras veces no ocurre así. Conoces a una persona y puede que no te fijes siquiera en ella, o que el oxígeno no se comprima y se expanda y el corazón continúe con su función como lo hace habitualmente. Puede incluso que la detestes en un primer momento. Luego comienzas a conocerla, generalmente de forma casual, sin haber buscado adrede un buen tema para iniciar una conversación. Y puede que ese sea el segundo en el que te das cuenta de que aquella persona tiene algo especial, o también es posible que sigas pensando que es gilipollas. Y el tiempo pasa y poco a poco empiezas a confiar en ella como no haces con otros conocidos. Y puede que la vida, que tiende a traernos y llevarnos de un lado para otro como si nos meciese con el movimiento de las mareas, te separe durante un intervalo determinado de esa persona y casi te olvides de ella. Pero, a pesar de todo, sigue estando ahí. Y los días siguen corriendo y el sino caprichoso decide volver a uniros. Y de repente, cual si fuera una revelación, una noche de tristeza te encuentras deseando que esté a tu lado, que te regale unas palabras de aliento o te de un abrazo, o sencillamente que se quede en la oscuridad contigo, silenciosa, cogiéndote la mano. El caso es que te sorprende estar pensando en esa persona como aquel ser que va a saber qué hacer en un momento como el que se presenta, imaginándole como la única compañía que hará más leve tu carga.
Y es justo entonces cuando sientes un amor profundo y sincero, un amor transparente, de otra índole del que puedes sentir por una pareja o por un familiar. Y das gracias porque esa persona haya permanecido a tu lado (física o espiritualmente) a lo largo de todo este tiempo, a pesar de que no te lo merezcas, a pesar de no haberla valorado como debías hasta ese instante.

Degas, "Bailarinas azules".


¡Ay de mis impresionistas, que los tengo abandonados!
Hoy he pensado en Degas, hoy he sentido a Degas, que es como mi píldora diaria de realidad, la belleza en vena, el que consigue parar mi respiración y que nazca un nudo en la boca de mi estómago. Aunque el día sea frío y el viento llene de trazos blanquecinos los dorsos de las manos, como hoy. Mi Degas...
Se nota que me gusta, ¿verdad? (:

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Y yo, que quiero ser escritora y tantas veces no encuentro inspiración. Yo, que hablo demasiado a menudo de lo que no sé. La rabia, y los sueños que se alejan y se acercan como si los viera a través de un microscopio, y yo. Yo y mi sentimiento de angustia: "¿y si de repente un día pierdo la capacidad de convertir en líneas mis sentimientos? ¿y si nunca más puedo deshacer el nudo de mi estómago hilando frases en un documento de Word? ¿y si escribir deja de ser un motivo para levantarse cada mañana?". Yo y el miedo a la claudicación ante lo fácil. El miedo incluso a dejar de sufrir, porque quien no sufre no puede dejar la marca de su sangre caliente en cada palabra. El miedo a no ser feliz nunca. Yo y el pánico a los veinte. El miedo a crecer y yo. Y los pequeños gestos que de repente reconducen a las musas hasta mí, y aquella película que vuelve a tensar la cuerda que baja por mi garganta hasta llegar al estómago. Yo y una frase sincera en un libro: sin retórica vacía; llana; simple. El miedo a utilizar mal la puntuación, a poner faltas de ortografía o a repetir verbos. El miedo, que me para y me acelera, que coloca muros en mitad del camino y me lleva por atajos que nunca habría pensado tomar. Yo y el miedo a exponerme de manera tan evidente con este escrito, hecho un instante después de ver una maravillosa, pequeña película. Yo y el miedo a la tecla que borrará todo lo que he pensado en estos últimos diez minutos. Yo y el pánico a no saber cómo terminar correctamente esta entrada. Así que la dejo aquí, y así me dejo: expuesta, trasparente, con mis verbos repetidos y mis millones de defectos al escribir.

Ella II

Se pasó horas gritando bajo el agua de la ducha. Sabe que claudicó demasiado. Ya no tiene prisa por salir a la calle. Ni necesita ese vestido negro.
A veces se pasa horas dando vueltas en la cama, o se queda dormida a las cuatro de la tarde en el sofá. Llora cuando escucha a los Rolling. Bebe copas de vino entre comidas. Lleva cinco semanas sin depilarse las piernas.
Ha cambiado a Emma por Música de cañerías. Ya no mira su reflejo en cada escaparate de la avenida. Se ríe con las series más malas. Ha recuperado su adicción al chocolate.
Va al cine con frecuencia. Se ha apuntado a clases de tango. Un abrigo nuevo descansa dentro del armario. Las cartas rebosan en su buzón.
Le parece estar incompleta. Siente que le falta un trozo. Pero se nota más viva que nunca.
Ahora es ella, sencillamente ella: ella y sus gritos, ella y Bukowski, ella y la risa, ella sin Austen.


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PD: Siento renovar con tan poca frecuencia y siento comentar tan poco en vuestros escritos, pero es que tengo un lío tremendo en la universidad y me resulta casi imposible robarle unos minutos a la tarde. Muchas gracias por continuar siguiéndome, a pesar de todo. Me hago la firme proposición de pasar por aquí mucho más a menudo.
Os sigo, siempre.
Lena
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.