-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Abrir una ventana.


Y escribir sencillamente por escribir, para tomar aire. Porque pintar palabras sobre una pantalla en blanco es como abrir una ventana, y el aire encerrado en mi cabeza está demasiado viciado.

Escribir como terapia, como consuelo. Como desahogo abstracto que a nadie va dirigido.

Y escribir sin saber muy bien que se está escribiendo. Y sentir que las líneas se van llenando y que los dedos cada vez adquieren más autonomía, hasta que se emancipan del resto del cuerpo y empiezan a dibujar ellos solos: trazando líneas, redondas vocales y mayúsculas trabajadas, con adornos y ramilletes de hojas al final de las tangentes.

Escribir. Porque sí, porque me apetece. Porque siento una presión en el estómago, como si fuera el pañuelo de un mago, porque quiero sacarlo fuera a través de la garganta y que todo el mundo diga “¡oooh!”. O que no me aplaudan, si no les parece oportuno: me vale con contemplar el pañuelo sobre el tapete. Incluso me es suficiente sentirlo en la boca del estómago: he aprendido que no se debe ser demasiado exigente.

Y mirarte y pedirte que me bailes el agua, que me digas que esto es bueno. Porque necesito un empujón. Que me digas que soy la princesa de las letras, al otro lado del mundo, y que hables y que te rías y que me critiques, me adules y me vuelvas a criticar. Y volver a salir y a vivir sin ansiedades, y a escuchar música tranquilamente: sin prisas, oyendo hasta la inspiración del que canta entre frase y frase. Oír la música de verdad.

Y respirar el aire de Wilde y de Yates otra vez. Y ver anochecer y ver amanecer. Y viajar junto al mar azul y blanco con Sorolla. Y disfrutar del fresco de la tarde y un paseo por Madrid.

E incluso escribir una canción.



Que terminen los exámenes ya…

Raíces y alas.


Raíces y alas.
Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen.

Juan Ramón Jiménez.





- He visto tu película... tu última película.
No sé si es la primera o le precede un largo historial.
- Es muy buena. Me hizo llorar.
Sonríe, aunque no de la misma manera que Dan. Su sonrisa es tan, tan...
- Davin Byrne. ¿Escocés?
- En realidad soy irlandés.
- Estuve hace poco allí. Irlanda es un país muy bello. Qué... ¿qué se siente al estar tan lejos de casa? ¿Qué sientes cuando piensas que Hollywood está a miles de kilómetros de tu hogar?- pregunto, intentando romper el muro de hielo transparente que hay entre nosotros.
No contesta al instante, y cuando lo hace su voz es un susurro ronco.
- Mi casa está dónde yo estoy.
La respuesta, tan rápida y fugaz que parece no haber salido jamás de sus labios, me deja sin palabras. Trato de reaccionar sabiamente, deseo poder decir algo, pero en este preciso instante mi mente está absolutamente en blanco.
- ¿Quieres decir que...?- no continúo la frase porque no hay palabras en mi garganta esperando a ser pronunciadas.
- Quiero decir que no tengo ninguna familia que me ate a algún lugar.
- Tus raíces han sido arrancadas...
- No tengo raíces.
Mira hacia la barandilla donde su mano extendida toca con toda su superficie el mármol oscurecido por la noche. Siento que lo poco que mi calor ha conseguido derretir de la pared que nos separa vuelve a reconstruirse en una milésima de segundo.
- Lo siento- no puedo decir más.
Permanecemos en silencio unos instantes, él contemplado de nuevo el horizonte y yo echando fugaces miradas a las estrellas colgadas encima de nuestras cabezas. Sin previo aviso él suelta una carcajada, tan grave, tan lastimera, que me asusta. Me mira de lleno, y no soy capaz de dirigir mis ojos hacia él. Su sonrisa es tan, tan... amarga.
- No me compadezcas.
¿Acaso se está riendo de mí? Me siento perdida y confusa.
- No debes compadecerme- repite-. Me alegro de no estar atado a ningún lugar. Me alegro de que no haya una tierra que me llame porque añora mis pisadas. Soy libre. Tan libre que ni debo ni exijo nada.
Desvío los ojos al suelo, como si quisiera encontrar entre las baldosas un granito de la tierra que pronuncia mi nombre.
- Tarde o temprano tendrás que echar raíces- digo en un murmullo: la voz no me sale con más fuerza-. No puedes dejar una manzana mucho tiempo sobre la tierra, porque su semilla germinará y nacerá un manzano, atado de tal manera a ese suelo que dependa de él para vivir.
- Nuca permaneceré el tiempo suficiente en un sitio como para que suceda lo que tú estás diciendo.
- ¿Ni siquiera en este lugar?
- Sobre todo en este lugar.

Un día cualquiera (continuación de "Mala educación").

Más que continuación, podría considerarse una historia paralela. Espero que disfrutéis leyéndola tanto como yo lo hice mientras la escribía. (=



Todo auguraba que aquel iba a ser un buen día. Cuando salió de casa las estrellas titilaban a punto de extinguirse en el rosa pálido del cielo, y el frío no era intenso para la estación del año en la que el hemisferio norte estaba sumido.

En torno a las diez de la mañana ya había realizado tres veces su recorrido. Durante el tiempo en que los semáforos le obligaban a permanecer estático en mitad de un océano de vehículos-y a él le gustaba pensar que el claxon de los coches era el sonido de las gaviotas de cuidad- miraba a través del retrovisor a sus pasajeros. Tan cercana la Navidad lo corriente era transportar personas cargadas de regalos, sobre todo cuando les conducía a alguno de los grandes centros comerciales que se alzaban dominantes y tentadores entre los edificios de viviendas y oficinas. Alzó los ojos y recorrió con la vista lentamente el interior del autobús. Al fondo, un ejecutivo trazaba estrellas sobre el vaho del cristal, mientras un niño pequeño que viajaba con su abuela le observaba sin pestañear. La anciana hablaba sin parar a un adolescente que sonreía pidiendo a gritos mudos que alguien se llevara a la mujer de su lado. Delante de ellos una chica, que él imaginó recién salida de la Universidad de Bellas Artes, escribía algo en un cuadernito que apoyaba sobre sus piernas semialzadas. Un hombre, a su izquierda, relataba en voz alta a su compañero una historia realmente divertida, a juzgar por las carcajadas que arrancaba en él a cada frase que explicaba. Luego, unas cuantas personas desperdigadas a lo largo de la hilera de asientos; y el vacío. Raúl se había fijado en más de una ocasión en que los pasajeros vacilaban a la hora de escoger un buen lugar donde dejar pasar el tiempo hasta que el 39 llegara a su parada, y siempre optaban por los asientos de atrás. Mejor cuanto más al fondo. Esto, aunque no quisiera, le molestaba bastante. Se aburría tremendamente y echaba de menos una profesión en la que pudiera hablar con la gente algo más que el “son uno con veinte, por favor” de rigor.

Le gustaba mitigar el aburrimiento imaginando cosas, haciendo planes imposibles en su cabeza y diseñando la casa que nunca tendría. Cuando le preguntaban en qué invertía todo ese tiempo que pasaba en soledad, a pesar de estar en continuo contacto con cientos de personas, él contestaba que le entretenía la música que escuchaba bajito en su cabina, y que el sobrante lo invertía en atender a las retrasmisiones de los partidos de fútbol por la radio y a las conversaciones que mantenían los ocupantes de su autobús. Nadie le habría creído si hubiese dicho que ni siquiera oía la canción que sonaba cuando comenzaba a construir castillos en su mente.

Pero la mayoría eran de naipes y Raúl conocía su efimeridad, que sólo aguantaban en pie el tiempo que el aire permanecía calmado en su mente. En el momento en que los sacaba al exterior, cualquier soplo los destruía.

El día había pasado sin sobresaltos, y una vez más la profecía de la mañana había resultado ser incierta. Estaba empezando a cansarse de no poder afirmar que había tenido un día agradable. Tampoco eran días malos los que llenaban las páginas de su historia, y era consciente de que debía agradecer este hecho, pero no pasaban de ser más que insulsos y aburridos. Y él tenía más esperanzas sobre a vida para conformarse con eso. La tarde ya estaba llegando a su fin, y la Luna amenazaba con salir tras la marcha de la luz.

Abrió la puerta tras detenerse ante una parada más de su recorrido, mientras tenía la mente ocupada pensando en lo que haría si acertara una quiniela. Miró sin fijarse mucho hacia los escalones, y entonces la vio. No era alta ni pequeña, ni delgada ni gorda. Ni siquiera tenía el pelo de un color que pudiera expresarse con una sola palabra. No tenía nada que la distinguiera de las demás, pero al mismo tiempo el halo que la rodeaba la hacía única. Por ella apilaba día a día los reyes sobre las sotas y ella era quién traía la realidad a su mundo de ficción. Era al mismo tiempo la princesa del palacio y el enemigo que lanzaba piedras contra sus muros. Porque él sólo la conocía de vista, y sólo era capaz de respirar su indiferencia. Cuando Raúl la sonreía, como acababa de hacer mientras ella subía sin apoyarse en la barandilla, sólo recibía el desvío de su mirada hacia el suelo. Nunca había intercambiado una frase con ella porque siempre llevaba abono, que picaba en la máquina con un gesto cansado y lánguido. Mientras observaba por el retrovisor como buscaba asiento, mucho más adelante que el resto del pasaje, oía el ensordecedor sonido de la arena volando desenfrenada en brazos del viento, separándose de los torreones que una vez formaron su castillo.

Él la llamaba Sofía. La bella Sofía, infinitamente sabia. Su Julieta, su Melibea, su Jimena.

Su Dulcinea.

El resto del viaje la observó a cada momento que el tráfico se lo permitía. Parecía que había tenido un mal día porque se apretaba los nudillos de una mano con la otra, y sus dedos parecían temblar. La cuidad y todos aquellos que habitaban en ella desparecieron ante sus ojos y sentía que una de sus pupilas captaba el mundo y la otra su universo, y su cerebro ya no era capaz de separarlos. La vio escribir algo y guardárselo en un bolsillo, unos minutos antes de llegar a su parada. Cuando el autobús se detuvo, ella no bajó por la puerta de atrás, sino que se acercó vacilante hacia su cabina. Le miró un momento y le tendió un pedazo de papel, que Raúl cogió creyéndose un loco más que nunca. La realidad de sus sueños se estaba fundiendo con la del mundo que le rodeaba, si es que lo de fuera es lo cierto y lo que se esconde, la mentira. Luego ella se alejó apresuradamente con la vista fija en el suelo y tan sólo se giró un instante y le miró antes de doblar la esquina. Apretó el papel fuerte en su mano, y al intentar abrirlo su filo le desgarró la piel y una gota de sangre apareció brillante sobre los poros. Sangraba. Se había cortado y sangraba. Luego no estaba muerto. La locura que había creído verdad había resultado no serlo tanto.

Notó que los pasajeros se revolvían inquietos en sus asientos, detenidos todos frente a una parada vacía. Desdobló los pliegues del papel y leyó lo que estaba escrito en su interior. “Beatriz, 696756325”.

Sonrió. Nunca antes había pensado en Dante.

Mala educación.

No diste un portazo porque habría sido realmente de muy mala educación. La mujer seguía gritándote y te persiguió escaleras abajo a través de los pasillos del colegio donde tuviste la mala suerte de tropezarte con su hijo. Repetía una y otra vez que no estabas capacitada para dar clase, que eras solo una doña nadie que no encontraba su sitio y que no tenías ni los conocimientos ni las aptitudes necesarias para lidiar con niños.

Cuántos noes en una misma frase.

Preferiste hacer oídos sordos a la cascada de insultos que escupía tu persecutora, e imaginabas sus sílabas desprendiéndose unas de otras y estrellándose contra el suelo como gotas de lluvia en mitad de una tormenta; y, como el agua, sólo perdurarían hasta que la luz del Sol (y en tu caso, la de la Luna) evaporase sus elementos.

Cuando al fin tus ojos se toparon con la conserjería, respiraste aliviada. La paciencia siempre fue tu fuerte, pero en tu interior crecía y crecía un árbol de ramas tupidas que se alimentaba de sarcasmos.

Dejaste de escuchar por un momento el ruido de sus pisadas cuando te preguntó que dónde regalaban las diplomaturas universitarias.

Te mordiste la lengua para no recordarle que al menos no eras un florero encarnado en el cuerpo de una Barbie cincuentona, que no estabas allí por haberte tirado a medio profesorado en la universidad y que no tenías que aparentar nada que no fueras convirtiéndote en un monigote alzado sobre un par de tacones de aguja.

Porque aunque nadie se lo crea, las profesoras de primaria también piensan ese tipo de cosas.

Sentías las hojas a punto de desgarrar tus tendones para abrirse paso y ver la luz, atravesándote la piel como agujas de cirujano. Te mordiste tanto el labio inferior que tus dientes dejaron marcas lisas sobre su superficie. Abriste la puerta de la calle y el aire gélido del invierno golpeó tu rostro. Pensaste en lo bien que estarías media horita después, en casa, cobijada bajo una manta de lana y sintiendo el calor de los halógenos de tu salón.

Y parecía que la muñeca de plástico no lo era de tal, sino de cuerda: la que su estúpido niño había estado toda la tarde girando.

Sus gritos se perdían con el aire, y las raíces de tu árbol del sarcasmo se te hundían en el estómago. Cuando cruzaste la verja y tus pies se posaron sobre los adoquines, sentiste impulsos de esperarla y bajarla de un momento, y a la vez, de sus tacones, su trono y la cima de su ego. Podrías haberlo echo de una buena bofetada, pero siempre fuiste sensata y creías que la violencia no llevaba a ninguna parte. No querías que una denuncia adornara tu expediente porque en el mundo existieran mujeres con dinero de más y cerebro de menos.

Dejaste de escuchar los filos de sus tacones rompiendo la escarcha del suelo, y giraste un poco la cabeza. Estaba parada y mirándote, sobre la línea que separaba el colegio de la acera. Le sonreíste dulcemente, mirando sobre tu hombro, y seguiste tu camino. Las ramas del árbol se plegaron como las flores del naranjo cuando llega el alba.

Tomaste la calle que conducía a la parada de autobús donde habías de esperar un buen rato, como de costumbre, bajo la nieve o bajo el calor del Sol estival, o rodeada de un bochorno de esos que ponen de mal humor a cualquiera, a que llegara el vehículo y su conductor de gran sonrisa. Siempre a la misma hora, al volante del 39. Una gran multitud te rodeaba y los pasos de cebra se alternaban con el gris de la piedra que tus pies golpeaban periódicamente. Viste el verde del peatón en el semáforo y cruzaste mientras te preguntabas si te daría tiempo a llegar a casa antes de que tu compañero de piso se hubiese marchado. Tenías ganas de regalar tu noche al neón de un bar de copas.

Escuchaste un frenazo repentino. Respiraste hondo, mientras oías chirriar el segundero de tu reloj de pulsera. Casi antes de que pudieses mirar hacia tu derecha un gran coche oscuro dejó su morro a pocos milímetros de tu cuerpo. Esperabas un pobre ancianito que no había podido distinguir bien el color del semáforo, o una abnegada madre que había estado intentando calmar los llantos de su bebé.

Y entonces viste su cara. Rubia, enjoyada. Envuelta en un abrigo con estampado de leopardo. Y viste sus tacones aún sobre el freno y su alianza de diamantes, y su asqueroso elitismo y sus conversaciones repletas de nada. Y el árbol batió sus ramas y los gritos rasgaron tus cuerdas vocales.

La mujer no tardó en perderse, a lomos de su montura oscura, entre las luces de las estrellas artificiales que comenzaban a iluminarse a ambos lados de la calzada. Varias personas te miraban, en silencio o comentando en susurros, desde una prudente distancia, mientras tus gritos invadían cada milímetro del aire en varias manzanas a la redonda.

Cuando creíste que tus pulmones no podían tomar más viento con el que empujar tus palabras al exterior, te diste media vuelta. Sentías las mejillas ardiendo y tus manos temblaban a ambos lados del cuerpo. Llegaste a la parada del autobús, y miraste tu reflejo sobre un anuncio de pantalones. Nunca habías visto un ejemplo más preciso de la expresión “tener los ojos inyectados en sangre”, tanto que el dicho casi estaba literalizado. El 39 se divisaba en la distancia, rojo como la sangre que hervía en tus retinas.

Mientras la puerta se abría su sonrisa nació al ver tu cara. Parecía que no le importaba tu expresión asesina. O puede que ésta hubiese cambiado en sólo un segundo.

"Lirios en el Jardín", Claude Monet (1900). Musée d'Orsay, Paris.


Como la aspirina para el dolor de cabeza.
Como el sueño para los días interminables.
Como una manta para el frío.
Monet para los días oscuros.

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Ayer vi esta fotografía perteneciente a una campaña de Amnistía Internacional contra la prostitución infantil. Sólo tuve ganas de echarme a llorar. Quería subirla al blog, pero preferí esperar un día a ver si era capaz de escribir algo debajo de la imagen.
Han pasado veinticuatro horas y las palabras siguen sin venir. Eso sí, las ganas de llorar permanecen. Y el asco, y la incredulidad, y la vergüenza.
Mejor dejo que la foto hable por si sola...

Dos alegrías.


(Imagen correspondiente al Premio Espada).







Muchas gracias, Miriam y Nayle, por vuestros premios. No me cansaré de repetir, aún a riesgo de resultar pesada, la gran ilusión que me hace cada comentario vuestro, cada reconocimiento, cada minuto que dedicáis de vuestro tiempo a hacerme un poquito mejor persona y una escritora aficionada menos mediocre. Gracias puras y plenas, absolutas, enormes. Gracias, mis chicas, por vuestras dosis de alegría (tan necesarias a veces).



Premio de Miriam, mi Misha, mi Michelle J. Spirit.


1. Dar las gracias a quién lo otorga.
¿Qué más podría decir que no haya dicho ya? Gracias por tus textos, por tus minutos, por tu apoyo y por seguirme tan fielmente. Gracias por la sinceridad de tus escritos y por el cariño de tus palabras. Te sigo, siempre (=

2. Nombrar un autor que te encante.
No voy a desvelar ningún secreto: Truman Capote. Creo que fue único, que nunca nacerá nadie como él, que volcó su alma en sus textos y que todos ellos tienen un halo maravilloso, inimitable. Éste es su sello. Cierto es que fue una persona extravagante, controvertida, sumamente extraña., pero fue un escritor sencillamente magnífico. Él mismo lo dijo en su excelente Música para camaleones: "Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio".
Si he de escoger a otros autores, me quedo con Wilkie Collins, J.D. Salinger, Amin Maalouf , Paulo Coelho, Richard Yates y Clara Sánchez. Me dejo bastantes en la recámara, ¡pero es que me cuesta tanto elegir!...

3. Un libro que destaques.
De nuevo, un secreto a voces: El arpa de hierba.
Además, y en mi opinión, son maravillosos La dama de blanco (de Collins), El guardián entre el centeno (de Salinger), El primer siglo después de Béatrice (de Maalouf), El alquimista y El manual del Guerrero de la Luz (ambos de Coelho), Vía Revolucionaria (de Yates) y Un millón de luces (de Clara Sánchez).

4. Que te emociona siempre.
Un escrito (ya sea un párrafo de un libro, un poema, algo que escriba un conocido o un desconocido, cualquier texto de alguno de mis amigos [entre los que he de decir que tengo escritores geniales: algún día les pediré permiso para colgar algo suyo, porque su lectura es un auténtico placer que no debría quedarse oculto]) que salga de muy, muy adentro.

5. Algo que odias.
La hipocresía. El complejo de superioridad. El ruido que hace la gente al comer (soy muy, muy maniática con eso, y sé que está fatal...).

6. Pasarlo a 7 blogs.
A Fille de la Nuit.
A Ayelish.
A Jolie.
A Anabel, blog Salvando a Julieta, un descubrimiento espléndido (=
A Ignacio J. Rivas.
A Nayle.
A Beatriz, la niña de los finales de azúcar.


Premio Espada.

1. Debes agradecérselo al blog que te lo otorgó.
A Nayle, que con su Darknayle nos enseña día a día lo que es amar la literatura. Hace poco que te sigo, pero cada vez me gustas más. Ella da las gracias por visitar su mundo, y dice que siempre somos bienvenidos. Yo te contesto, cariño, que el placer es todo nuestro. Te sigo encantadísima (=


2. Debes mencionar a tu heroína preferida.
Admiro a mujeres fuertes que luchan por lo que creen, que son capaces de llegar hasta el final por defender lo que consideran justo. Admiro a aquellas que pelean porque las mujeres sean tenidas en cuenta en todo el mundo de la misma manera que se tiene en cuenta a los hombres. Admiro a las pioneras. Admiro a la asesinada Benazir Bhutto, admiro a Frida Kahlo, admiro a Jane Austen , admiro a Rigoberta Menchú, admiro a Clara Campoamor, admiro a todas las misioneras y a todas las cooperantes no vinculadas a ninguna religión que están en los países del Tercer Mundo haciendo una labor puramente altruista, admiro a todas las mujeres anónimas que luchan día a día por sus familia y por sus ideales. Admiro profundamente a mi abuela por ser sencillamente una de las mujeres más puras de corazón que conozco.

3. Otórgaselos a 5 de tus blogs preferidos.
A Misha, http://sintiendoelairealreves.blogspot.com/

A Laura, http://enrojecerse.blogspot.com/

A Aída, http://plumarojablogspotcom.blogspot.com/

A Fernanda, http://fernandazepeda.blogspot.com/

A http://diariodenuestrospensamientos.blogspot.com/

Aquí. Aquí mismo.


Hay sorpresas que nos esperan mucho más cerca de lo que nos esperamos. A veces sólo basta con levantar la cabeza y ver qué está pasando fuera...


En Madrid, nieva.

Universidad Autónoma nevada, 11 de enero de 2010. Una manera gélidamente dulce de retomar las clases =)

El año que vivi(ré) con Truman.


En los días venideros voy a estar un poco ausente. Se acercan los exámenes de fin del primer cuatrimestre y con ellos el ir y venir de apuntes y manuales, la ansiedad, las tazas de café cargado, las uñas roídas y los descansos alargados hasta el infinito cargados de remordimientos. También sé que llegarán los que-le-den-por-culo-al-examen de última hora seguidos al instante por un cambio de idea drástico que vuelve a mutar en segundos. Y el pelo sucio y el mal humor permanente. Es muy duro convivir conmigo ahora porque pocas personas llevan esta situación hasta dónde yo la conduzco: soy capaz de crear un mapa de los caminos más tenebrosos (e intransitados) de la histeria pre-evaluacional. Algún día explotaré este don tan excepcional, estoy segura. De algo tendrá que servirme…

No he hecho lista de buenos propósitos para el año que entra. Y es que nunca los cumplo, y he pensado que quizá sea por esa tendencia que tenemos las personas a rechazar todo lo que nos ha sido ordenado, aunque sea por nosotros mismos. Así que únicamente he escrito en un papel una frase de Truman Capote que leí hace tiempo: “antes de negar con la cabeza, asegúrate de que la tienes”.
La hoja decora ahora la pared oeste de mi cuarto, porque soy consciente de que lo que está escrito en ella se me olvida con frecuencia.

Corrientes de morfina.

No entiendo el mundo en el que vivo. No entiendo como puede haber genocidios que la prensa no haga públicos. No entiendo cómo no nos ahogamos en este aire viciado por el dióxido de carbono que exhalan, por última vez, todas las víctimas que ignoramos.

No entiendo cómo podemos adormecer nuestros cinco sentidos. Negarnos a ver que este mundo es injusto. Taponar nuestros oídos para no oír los gritos de quienes sangran, desde dentro y hacia fuera o invisiblemente en sus entrañas. No comprendo como podemos no oler la podredumbre de unos sistemas que nos suministran altas dosis de morfina para ayudarnos a dar un paso más en nuestra tarea cobarde; no notar el sabor salado de las lágrimas derramadas, capaces de convertir en un océano el más extenso de los desiertos. No entiendo cómo no erizamos el vello que cubre nuestra piel cuando, por un sólo instante, despertamos de nuestro letargo y atisbamos a ver un resquicio de realidad.

No entiendo como no morimos de vergüenza un segundo antes de volver a hibernar. Nuestro invierno es eterno, y a nosotros no nos importa. Porque aquí vivimos más o menos bien, porque todo lo que pasa alrededor no es culpa nuestra y porque sentimos que somos observadores externos de una historia de la que no formamos parte. Somos exiliados de nuestra propia vida que viajamos en silenciosas congregaciones hacia un mundo ficticio. La tierra prometida, donde nada duele porque nada es real. Porque el autoengaño es la forma más sutil de cobardía, que comienza por hacernos creer a nosotros mismos que no nos estamos autoengañando.

No entiendo que aquellos que tratan de poner un poco de orden entre todo este caos sean tachados de ilusos. No entiendo que si alguien trata de introducirse en la narración para ver si puede cambiar el guión no reciba más que palabras de desánimo. No entiendo que a cada arañazo que reciben sus piernas le acompañe un “ya te lo dije”.

No entiendo esta claudicación. No entiendo como podemos mirarnos en un espejo. No entiendo como podemos vivir culpando a otros.

No alcanzo a comprender porqué todo el mundo insiste en que los sueños de cambiar el mundo son inherentes a la juventud y van despegándose del hombre con los años. Yo quiero creer que son consustanciales al ser humano, que somos nosotros los que tratamos de esconderlos bajo millones de capas de conformismo. Balzac dijo una vez: “la resignación es un suicidio cotidiano”. No entiendo cómo sabemos que estamos muriendo poco a poco y sencillamente aumentamos nuestra dosis de barbitúricos para no pensarlo más.

¡Feliz el ignorante, feliz el adormecido! ¡Felices todos aquellos que son capaces de silenciar la voz de su conciencia con el sonido de un televisor a todo volumen!

No entiendo porqué ya casi he transigido, porqué estoy dispuesta a renunciar cuando aún no estoy de vuelta de nada. No entiendo porqué a mis diecinueve casi siento ansias de sumarme al resto de cadáveres en vida que se dejan arrastrar por corrientes de morfina.

No quiero este mundo que se destruye, no quiero castillos de arena. Quiero realidad pura y dura, de la que rasga la piel y sangra las venas. Quiero sentir el aire de nuestra atmósfera dentro de mis pulmones, con su podredumbre, con las terribles visiones que arrastra, con los gritos ahogados que se desgarran a jirones, con el sabor salobre de las lágrimas vertidas. Quiero sentir mi piel como la de una gallina y oír rechinar mis dientes. Quiero sentir frío y estremecerme.

Y es que ya no quiero observar. Quiero sentir dolor, que mi cuerpo esté limpio de narcóticos.

Quiero vivir, y quiero que me vivan.

Ave nocturna.


Como un ave nocturna, despierta cuando el cielo de tela tiene diminutas machas de lejía. Despierta, me abrazo a las letras y en ellas me mezo, o me mecen ellas, y el mundo se comprime hasta quedarse reducido a mi habitación.
Las ideas vuelan como mariposas de medianoche, las imágenes son presencias fantasmales.
Y únicamente ahora la ciudad, en su silencio, deja que el viento convierta en arpas los árboles. El mundo de fuera es hermoso y acogedor en penumbra, cuando se enredan los claroscuros.
Y todo confluye, se revuelve, se conjunta y luego se diluye. Y sólo por un instante la ciudad y yo somos una, somos sólo una la ciudad y yo.
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.