-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Luces.


Quieta en la parada del autobús, esperando, a veces se ponía a divagar con el pensamiento tratando de hacer menos tediosos aquellos minutos. Se abrazaba el cuerpo y trataba de pegar la tela de la ropa a su piel, envuelta como estaba por la neblina húmeda típica de las noches de invierno: esa que se abre paso a través de la carne y llega hasta el tuétano de los huesos. La falta de cristales graduados delante de sus ojos hacía que las luces de la cuidad se diluyesen, casi líquidas, frente a ella.
No se había dado cuenta hasta entonces de lo presentes que estaban las luces en su vida: en las mejores noches que había pasado, en los días lluviosos de colegio, en todas las personas a las que quería. Pensó en lo afortunadas que son aquellas personan que tienen luz, y también pensó en la ventura de aquellos que viven a su alrededor y pueden calentar sus manos y su corazón con su incandescencia. Pensó en una bombilla y en los insectos que revolotean a su alrededor atraídos por ella, en una hoguera acertada en noche fría y en todos aquellos que se reúnen en sus márgenes para alimentarse con su calidez.
Mientras el rojo y el ámbar confluían en sus retinas, salpicados de vez en cuando con el verde de los semáforos, se preguntó porqué los poseedores de la luz nunca la pierden: incluso en los momentos en los que más vapuleados son por la vida siguen conservando su resplandor. Y en estas cavilaciones estaba cuando distinguió el contorno del autobús que esperaba a lo lejos.
Sacó el billete e hizo un gesto con la mano para que quien lo guiaba no olvidase aquella parada. Cuando puso el primer pie sobre el suelo grisáceo y lleno de manchas, su reloj marcó la medianoche. Antes de picar, el conductor le obsequió con una amplia sonrisa bajo una nariz roja por el frío.
Durante la búsqueda de un asiento libre creyó encontrar la respuesta: hay ciertas personas que no tienen luz, que no la poseen como pueden poseer una prenda de ropa o una casa de la que pueden desprenderse en cualquier momento. Existe una venturosa clase de personas que, sencillamente, son luz. Y, habiendo descubierto esto, el camino de vuelta a casa le resultó mucho más liviano de lo que solía parecerle: incluso llegó a disfrutar de la calma de la madrugada, del abrazo del frío, del suelo manchado del autobús, de las luces…

"Nocturno", de Rafael Alberti.

Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.

Balas. Balas.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas.
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

Balas. Balas.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.

Balas. Balas.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.



Rafael Alberti
Madrid, 1937.

Veletas y aire.


¿Cómo podemos saber cuándo ha llegado el momento de cambiar drásticamente de dirección? ¿Qué hacer para que nuestra dirección cambie?
Debe ser un mecanismo de defensa de nuestro cuerpo, o quizá sea porque nuestra mente está acotada y sólo es capaz de concebir los conceptos con unos determinados límites, pero ¿por qué no somos conscientes en todo momento de que cada decisión que tomamos, por muy pequeña que sea, cambia constantemente el itinerario de nuestros pasos? Tiendo mucho imaginar determinados conceptos de manera gráfica: así soy capaz de abarcar, si esta es la palabra correcta, con el pensamiento determinadas ideas tan abstractas que tornan invisibles como el aire y escurridizas como el agua. Si no pensara en la voz y en el intercambio de ideas como en una corriente de aire de color morado (parece absurdo, pero siempre aparece en mi mente de esta tonalidad), o en la libertad relacionándola con presidios, pájaros y cadenas, sería incapaz de llegar más allá del simple significado que le aplico en mi día a día: no pasaría de lo que soy capaz de ver con mis propios ojos.
De esta manera me imagino que caminamos a diario con una veleta a nuestro lado, que cambia de dirección por motivos externos a nosotros mismos o que nacen de nuestro interior y que conducen los pasos por unos derroteros u otros. Imagino que cada día que pasa y que pesa en los huesos y en el alma es un número determinado de pisadas en el camino, y generalmente este camino transcurre en mi cabeza rodeados de muros como los de un laberinto, llenos de giros bruscos y aristas y grandes explanadas. Pienso en que una fuerte corriente de aire (morado, claro está) es capaz de cambiar radicalmente la dirección. O que también puede ir cambiando poco a poco a través de pequeñas decisiones, o totalmente por medio de una aparentemente minúscula decisión que a efectos prácticos no lo es tanto. Y en otras ocasiones hago aparecer un mazo en la mano de quien camina y entre golpes y sudor y bajo un cielo donde las nubes pasan tira un muro y descubre un sendero lleno de posibilidades al otro lado. Esta es mi idea favorita.
Mientras tanto, tendré que asumir las limitaciones de mi mente y conformarme con seguir dibujando conceptos. Y confiar en que algún día, quizá por ciencia infusa, encuentre una manera de dar respuesta a las dos grandes preguntas que me rondan la cabeza últimamente: ¿cómo podemos saber cuándo ha llegado el momento de cambiar drásticamente de dirección? ¿Qué hacer para que nuestra dirección cambie?

Verborrea.

Y suele ser a altas horas de la madrugada (o rozando ésta como se rozan las hojas de las mimosas para que se plieguen) cuando me entra la verborrea y no puedo parar. Y de pronto siento que tengo trescientas mil cosas que contar y meto prisa a golpes a mi portátil para que cargue rápido. Debe ser que me da miedo que si no se abre el Word en un momento se me olvide todo lo que está formando un atasco entre mis conexiones neuronales y las puntas de mis dedos. Y de tanto golpe el ordenador se bloquea y mientras se está reiniciando me doy cuenta de que todas las ideas se han esfumado de mi mente como humo en el aire, o que nada de lo que hace un momento me parecía fundamental lo es en realidad. Y la noche avanza y escribo a la luz de una vela (porque todo bajo su halo se me antoja más hermoso) para ver si lo que escribo le llega a la altura de los zapatos a lo que una vez salió de la mente de Virginia Woolf. Sí, con eso me conformaría y me sentiría orgullosa durante tres años o menos. Luego trataría de llegarle a ese punto intermedio entre los empeines y las rodillas que tanto duele cuando te pegan una patada, y como si a patadas se liase la vida conmigo vería que nunca voy a poder alcanzar el susodicho nivel y me escondería en mi madriguera con el rabo entre las piernas.
Siempre escribo de noche. Corrijo, siempre que escribo algo decente lo hago por la noche- lo que no significa que todo lo que escriba cuando la Luna ilumina merezca la pena: para muestra, un botón- así que he pensado muchas veces que si algún día escribiera un libro lo titularía Noctámbulos. Si Cristina Cerrada no hubiera tenido antes la idea, claro. Léanlo, es muy buen libro: un poco desesperanzador en ocasiones pero, admitámoslo, dentro de todos nosotros existe un pequeño masoquista que hace que amemos a Plath y los dramas de Sam Mendes.
Y bueno, ya no sé de qué hablaba, ni a dónde quería ir a parar, ni porqué he empezado a escribir. Y ahora que releo un poquito por encima me doy cuenta de que este texto está plagado de ies uno detrás de otro, como si fuera un suelo minado, que es una manía que no puedo evitar al escribir. Así que mejor me voy a la cama, que mi mamá me ha dicho siempre "si eres inteligente y no tienes nada interesante que decir, mejor permanece calladita".

¿Que por qué he subido esto entonces? Elemental, querido compañero: porque yo no soy inteligente.


Buenas noches (=

La sal en las heridas.


Bien, ha llegado el momento. Ahora que todo ha acabado es hora de echar la vista atrás.
El aire ha dejado de antojárseme como una nube inerte y densa suspendida en el espacio para transformarse en una corriente invisible que limpia cada lugar por donde pasa. No hay nada mejor que oxigenar las ideas después de una época en la que pensar parece tan complicado como mover un edificio con el dedo meñique.
Y ahora me pregunto qué me ha llevado a encontrarme en la situación en la que estoy. Es este el preciso momento en el que toca rememorar el último mes y resaltar, tal que si se marcasen con un subrayador, los acontecimientos que me han conducido hasta esta posición exacta en el presente. A veces imagino los días rebasados como una serie de números que guardan una relación entre si: cada uno conduce irremediablemente al siguiente, y si se descubre cuál es el nexo entre el primero y el segundo es sencillo comprender porqué el tercero es el que es y no otro cualquiera, e incluso se puede llegar a predecir el cuarto. Pues bien, ahora ha llegado el momento de buscar las causas en el pasado para explicar sus efectos en el presente.
Y, lo confieso, temo este instante porque supone reconocer a los fantasmas de ayer, ponerles un nombre y encararse con ellos. Y cruza por mi mente la idea de esconder la cabeza debajo de la almohada y fingir que he desaparecido, o de llenarme el pensamiento con mil y una cosas para mantenerme ocupada y evitar acercarme siquiera a reconocer que alguna vez tales errores han existido.
Pero finalmente decido abrir los ojos de par en par, pero hacia dentro, y llamar a las cosas por su nombre: los errores no se disfrazan con eufemismos, las malas ideas son sencillamente malas ideas, y todo lo que pude hacer y no hice cuelga de mi conciencia como si fuera un yunque amarrado con grilletes a ella. Y siento el dolor plenamente y pienso y pienso y cada pensamiento es como un pellizco de sal en las heridas. Y finalmente encuentro los desaciertos, saco mis conclusiones y formulo planes nuevos. Y soy consciente de que sólo cumpliré esos planes a la mitad (o acaso la mitad de esos planes), porque hace tiempo, en un ejercicio de autoconcienciación encontré que soy mucho más irresponsable de lo que estimaba.
Entre todo mi agobio y mis montañas de apuntes y mis enfados, he descubierto también que soy mucho menos inteligente de lo que pensaba. Y sé que todo esto suena muy mal, que muchos me llamarán masoquista y opinarán que parece que me daño por placer. Pero, ¿saben qué? Avanzando en mi retrospectiva llegué al momento en el que quise mandarlo todo a la mierda y no lo hice. Y gracias a ello me he reconocido como una persona mucho más fuerte de lo que creía. Y ese tipo de descubrimientos compensan con mucho lo que cuesta llegar hasta ellos.

Todo lo que no te he dicho antes.

Lo acabo de oír de tu boca (o de leer de tus manos, si nos ponemos estrictos). Pero no quiero escucharlo.

Que te rindes, que lo dejas. Que es irrevocable.

Y yo, la lorito, que no me callo ni amordazada, me he quedado sin palabras.

¿Cuáles son las palabras que no han llegado hace un momento? ¿Qué puedo decirte? Que las cosas si tú no estás no son cosas. Que la uni sin ti va a estar vacía. Que una partida de mus nunca más va a volver a serlo sin alguien que diga “voy cargadito de melones” o “¡mírame, tostá, que no hay quien te pase las señas!"Que no quiero que mis movidas dejen de ser futingas para convertirse en meros problemas. Que cantar a Los de marras yo sola va a ser realmente muy triste. Que no quiero una clase más sin “terroriiiiiiiiiiismoooooooooo” y una silla que se cae asustando al de Romano. Que necesito a alguien que se ofenda cuando me meta con Mortal Kombat. Que quiero verte todas las jodidas mañanas bajando las escaleras invisibles detrás de una mesa mientras dices adiós con la mano.

Que no quiero que te rindas, que no quiero que lo dejes, que no quiero que tu decisión sea irrevocable.



Que te quiero mucho, mucho, mucho, I.

Aunque eso ya lo sabes.

Los veinte (y "Paint the Sky with Stars").



Será que me estoy haciendo mayor, o más prágmática. O será que ambas cosas caminan de la mano como dos senderos que inevitablemente tienden a unirse y volverse uno solo. Será el tiempo que llenará mi frente de arrugas, o los tropezones que cubren de heridas mis rodillas y las palmas de mis manos, o el paso de las estaciones como películas a cámara rápida. Será que he aprendido a curarme las heridas, o que como decía la canción he tenido que aprender a andar en un suelo cubierto de canicas. Será que la necesidad hace fuerte al hombre (o a la mujer, en mi caso; aunque quizá autodenominarme así sea un error de envergadura porque es posible que nunca llegue siquiera a serlo). Será que conforme pasan los años voy aprendiendo a no hurgar en mis heridas y dejar que cicatricen, a ignorar el dolor en la medida de lo posible, a seguir caminando aunque se me torne complicadísimo y a levantarme- cada mañana de la cama y cada vez que doy con mis huesos en el suelo- con un "¡venga, morena, que el mundo espera!". Será que el complejo de Peter Pan no va conmigo, o será que quiero creerlo así conforme voy viendo que me alejo más de la infancia. Será que estoy aprendiendo a no radicalizarlo todo. Será que de repente mis retinas perciben toda la gama de grises.
Será que por fin he asumido que las cosas no son fáciles. Será que he aprendido el valor de la lucha, que todos aquellos poetas tenían razón cuando decían que la felicidad está en el camino y no en el destino.
Será que, aunque me maree cada vez que pienso que ya he cumplido los veinte, no es tan horrible crecer.




Suena Enya: The Memory of Trees, del album Paint the Sky with Stars.

"Juno"

- Y no tengo el mejor historial del mundo, ya lo sé. Pero ya llevo diez años con tu madrastra y estoy orgulloso de decir que somos muy felices. Mira, en mi opinión, lo mejor que puedes hacer es buscar a una persona que te quiera exactamente tal y como eres. De buen humor, de mal humor, fea, guapa, atractiva... como sea. La persona ideal seguirá perdiendo el culo por ti.

Juno, escrita por Diablo Cody.

Relatividad.


El peso de su cuerpo sobre el suelo del parque hacía crujir la arena como si fuera nieve desmenuzada. Se sentó en un banco de madera, sintiendo la humedad a través de la tela de sus pantalones, y se abrazó las piernas bajo la mortecina luz, anaranjada, de las farolas. Apoyó la mejilla derecha sobre sus rodillas dobladas y contempló un cielo vertical y encapotado más propio de una noche de primavera temprana que del invierno en el que estaba sumido Madrid.
Le dolía la cabeza y estaba cansada pero totalmente despierta. Se puso a pensar en su día entre libros y esquemas, rodeada de hojas arrugadas y aburrimiento y manuales gruesos como ladrillos. Pensó una vez más en que las cosas no suelen salir como uno quiere. Pensó en el esfuerzo no recompensado, en las horas perdidas, en los días pasados. Casi le entraron ganas de llorar otra vez. Pensó en el día en que estuvo a punto de desistir y no presentarse a los tres exámenes que le quedaban: había llegado a su límite y sentía que la ansiedad, al principio como una canica en su estómago, casi tenía el tamaño de un balón medicinal. Y pesaba lo mismo en su mente. Pensó en lo injusto que era tener que arrastrar su ansiedad desmedida y sus montañas de apuntes atados a una cadena de hierro a la pierna, como si fuera un fantasma que se niega a abandonar la casa donde vivió o un reo cavando zanjas en los márgenes de las carreteras estadounidenses durante la Gran Depresión.
Recordó cómo una voz había dicho en su cabeza “¡Déjalo!” y como ella había estado a punto de obedecer la orden. Se vio a si misma llorando sin consuelo y hablando de lo odioso que era estar en su papel, de lo desafortunada que se sentía por tener que estudiar tanto, de este desalmado sistema que roba a los jóvenes sus mejores años. De lo injusto que era el mundo.
Y ahí halló la respuesta.
De repente se sintió ridícula al estar llorando por si misma al tener que estudiar y no por todos aquellos que desearían tener siquiera la oportunidad de llorar por un examen.
Volvió de nuevo al presente, al aire húmedo de aquella noche nublada. Se hacía tarde. Despegó la cabeza de las rodillas y se puso de nuevo en pie, camino de su casa. Estaba orgullosa de haberse dado cuenta de la necesidad de relativizar las cosas. Era un pequeño paso más hacia la madurez espiritual que esperaba alcanzar algún día.
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.