-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

El tiempo detenido.


Cuando siente que las fuerzas le abandonan y que sus piernas flaquean, quebradizas como briznas de hierba seca, se obliga a decir “basta” y a frenar esa enloquecida carrera. Y puede ser en su habitación, sola y envuelta en un aire viciado de aflicciones y sueños, o en la calle, o mientras reza porque el tiempo vuele entre estación y estación -cobijada en el mundo que late incesante bajo las escamas de la ciudad-, cuando todo se detiene.
Respira: una, dos, tres veces. Las que hagan falta, el tiempo está en sus manos. Y a veces se concede un par de minutos de fragilidad absoluta y llora como si de la intensidad del llanto dependiese su vida. Luego se seca las mejillas y se frota bien los ojos. Parpadea. Toma aire.
Ya pueden reanudar las agujas su marcha, de nuevo.

Renacimiento.




Ni idea de lo que soy, de lo que quiero, de dónde vengo o a dónde quiero ir. El tiempo en standby, el aire detenido, sólo oigo mi propia respiración y el sonido del rotulador deslizándose sobre esta página. Es de madrugada, ¿qué más da? Podría ser mediodía, que para mí sería lo mismo. Y esta sensación de ver la vida pasar, y cada palabra que te atraviesa como un cuchillo, y la sangre que no ves y el dolor que ya no sientes. Y todo el sonido contenido junto a tu corazón, tras el diafragma, que reverbera y hace vibrar tus costillas, que sabes que existe porque hierve la sangre de tus venas, pero que no oyes... La ceguera, la ausencia de todo color. La ausencia de calor en mi piel. Los poros abiertos, las pupilas dilatadas, las mejillas encendidas. Aquí está, por fin, el sonido, el estallido. El dolor y la sangre. Pero están. Cayó la venda de mis ojos, huyó la morfina del líquido de mis arterias. Volvió la vida. Mejestuosa. Dura. Hermosa. Puta. Triste. Emotiva. La vida al fin y al cabo.





PD.: Perdonen la ausencia. Ha habido debates y batallas. Dentro y fuera. Prontito me pondré al día, que les he echado de menos.

De consuelos inesperados.

Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate'.
Queste parole di colore oscuro
vid' ïo scritte al sommo d'una porta;
per ch'io: "Maestro, il senso lor m'è duro".

("¡Perded toda esperanza los que entráis!"
Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta;
y dije: Maestro, me es duro el sentido.)
Dante Alighieri, La Divina Comedia.
Hace unas horas, mientras una mancha azul oscura iba empujando al naranja del atardecer en el cielo líquido de Madrid, caminaba por una de sus calles. Una señora, justo cuando pasaba a mi lado, se ha tropezado con un adoquín mal aferrado al suelo y, de manera totalmente impulsiva, he estirado el brazo para sujetarla. Me ha dicho “estoy bien, estoy bien” y se ha ido rápidamente. Es cierto que, aunque no le hubiera asido el antebrazo, ella no habría dado con sus huesos en el suelo, pues ha sido capaz de mantener el equilibrio sin mucha dificultad. Pero no os podéis hacer una idea de lo que me consuela saber que viven en mi interior (y, por extensión, en el de todas las personas) reacciones inconscientes como esa que prueban que aún seguimos siendo humanos. Quizá todavía podamos creer que aquel lasciate ogne speranza fue sólo un augurio mal vaticinado…

Las palabras que no se piensan.

Ciertos pensamientos son plegarias.
Hay momentos en que,
sea cual fuere la actividad del cuerpo,
el alma está de rodillas.
Víctor Hugo.


Latente, escondido, inconmensurable. Tan profundo que no se puede atisbar sin rasgar la piel y ahondar en la carne. Inmenso. Aquí están porque así se aferran mis pensamientos como dos vías del tren: las dos líneas paralelas que nunca van a juntarse, ni siquiera cuando así lo parezca al rozar la línea del horizonte. Principios de papel, volátiles como el aire. Algo inabarcable con el pensamiento. Un grito en una caverna y el eco que responde mil veces con la misma serenata. Muy adentro, tan adentro... Un bolero susurrado, las palabras que no se piensan. Miles de letras amontonándose en la garganta como si allí hubiera una compuerta. Agua que fluye. Lejos, tan lejos... La esperanza que no se pierde, las fuerzas que se agotan y vuelven a regenerarse como lo hace el ave fénix cuando se ve envuelto en llamas. Las cenizas en el cielo, la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Y yo que me pregunto ¿qué es lo que hubo y qué es lo que queda?
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.