-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

En silencio.

Ella pasó por su lado entre conversaciones insípidas y chirridos de taquillas que se cierran. No hacía ruido al andar, y su presencia era casi tan imperceptible como granos de polen flotando en el aire. Era como si caminase a tres centímetros sobre las baldosas, como si los gritos que la rodeaban virasen hacia los lados cuando se dirigían hacia ella y pasasen casi rozándole los brazos, pero siempre sin tocarla. Él se la imaginó entrando en el mar y vio a las olas replegarse.

Estaba permanentemente callada, con ese tipo de silencio del que deambula por un extensísimo mundo exterior. En clase no se relacionaba con nadie, y muy pocas veces sus ojos oscuros se posaban sobre los de otro.

Mientras se iba perdiendo por el pasillo concurrido, todos la observaron con antención, como si fuese la primera vez que la veían.

- Lleva más de dos años en clase y a veces noto que lleva faltando una semana y que no me había dado ni cuenta- dijo uno.

-No he hablado nunca con ella. Me pregunto qué tipo de chica será.

Todos la observaron con atención, como si fuese la primera vez que la veían. Todos menos uno. El que dijo:

- Es de esa clase de chicas que respira menos para regalar la mitad de su aire a los demás.

Ni arte, ni cultura.



Cuando el acero me traspasa el corazón

y se le llama fiesta,
y otra vuelta de tuerca.
Cuando el sadismo se convierte en tradición,
y la faena encesta,
y nadie se molesta.

Reincidentes, Grana y oro.

Y espero y espero...


Y yo espero y espero, un acontecimiento, un susurro, una revelación, un gesto que rompa con lo normal. Espero porque no puedo vivir de otra manera, porque si no esperase -una nueva canción que me quiebre en mil pedazos, otro libro que merezca ser devorado, una frase que me llegue y que me toque y que me cambie- se me antojaría imposible dar un paso más. Espero unos versos escritos desde adentro, que la noche y el aire me sigan hablando, espero una lágrima sincera, espero otra Luna nueva de nuevo y que el ciclo jamás se interrumpa. Espero que la vida me sorprenda.


Y a veces espero y espero y espero y espero y nada obtengo de lo esperado. Pero a veces la perseverancia merece la pena y una nueva Báilame el agua llega a mis manos.
Y entonces, en retrospectiva, casi paladeo cada instante transcurrido durante la espera, pues hace mucho más intensa la sensación aguardada.

Después de tropezar.


Al final, lo que cuenta es lo que acabamos siendo después de nuestros tropiezos. ¿De qué vale caerse mil y una veces si al levantarnos y sacudirnos el polvo seguimos andando como si nada? ¿Qué pasaría si una piedra mal colocada en el camino provocase el desequilibrio del cuerpo y su posterior caída, y dicho cuerpo desplomado se levantase sin más y continuase caminando mirando hacia las nubes? ¿No sería más que esperable una nueva caída?
Dejémonos de metáforas, que las sombras avanzan y el viento sopla glacial y no es momento para explorar las posibilidades del lenguaje. Y en este instante de mi vida, en este punto justo de la noche, yo me pregunto ¿de verdad sirven tantos enfrentamientos, tantas lágrimas, tantos gritos, tantas noches hipando en silencio cobijada por las sábanas? Y dándole vueltas y vueltas en la cabeza, tantas que los puntos cardinales ya no son los que eran ni parecen los que son, he llegado a la conclusión de que sí, de que cada lágrima nos acerca un poco más a tener una ligera concepción de lo que somos en realidad y de lo que queremos.
Y ahora sé, después de una noche de ahogo, que no quiero ser una persona vacía, que quiero saber cambiar con el mundo, que quiero irme muy lejos pero que también necesito tener cerca muchas de las cosas que se quedarían aquí. Que no puedo vivir sin determinadas personas, que sin ellas estoy irremediablemente condenada a ser una persona vacía, de esas que se quedaron y no supieron mantener las cosas que querían a su lado, de las que no son capaces de abrir su mente a nuevas realidades.
Más que nunca esta noche (lluviosa desde hace un momento) creo que, al final, lo que cuenta es lo que acabamos siendo después de nuestros tropiezos.

Tránsito.


Apretaba los billetes en la mano con fuerza, como si pudieran tener iniciativa propia y decidir escapar de entre sus dedos cuando menos se lo esperase. Las voces de la megafonía del aeropuerto se confundían con las de los viajeros y el sonido del arrastrar de maletas y bultos. Cualquiera que le hubiese visto, en la distancia, no habría dicho que en su interior luchaban dos fuerzas contrapuestas, que cada vez que una mitad de su cerebro ordenaba a sus pies dar un paso la otra le mandaba caminar en la dirección opuesta.

Y, mientras, seguía apretando los billetes con fuerza contra su palma.

Llegó a la cola del detector de metales y contó las personas que iban delante de ella. Veintitrés. Y las contó una y otra vez, pasando sus ojos oscuros por cada una de sus siluetas, hasta que le tocó su turno.

Llevaba el tiempo pegado a los talones, como si estuviese hilado a ellos, así que se encaminó deprisa hacia la zona de embarque. Una gran cantidad de pasajeros estaban accediendo al avión que pretendía coger, el avión con el que había estado soñando todos aquellos años. Se sintió mareada conforme se iba acercando al mostrador. Pensaba en el disgusto que daría a su familia, a sus amigos, a sus antiguos compañeros de trabajo, y hasta tuvo tiempo de hacer aparecer ante sus ojos a su portera y a la dependienta de la panadería con la que hablaba un par de minutos todas las mañanas. ¡Tanto tiempo atada por lazos invisibles a una vida que detestaba, a un trabajo que aborrecía, a una rutina que la dejaba ahogada y emancipada de sí misma!

Y apretó tanto el billete que su borde afilado rasgó las líneas de su mano .

Por fin llegó ante la repisa y entregó el billete manchado de sangre a la azafata que allí la esperaba. Ésta separó la parte que debía llevar ella encima de la que pertenecía a la compañía de vuelo. Cuando le devolvió el billete cercenado, percibió que sólo estaba embadurnada de líquido escarlata la parte que iba a quedarse en aquella ciudad, en las oficinas de la entidad aérea. Y entonces definitivamente se dio cuenta de que aquel no era su sitio, y de que las personas que la amaban lo harían estuviese donde estuviese.

- Espero que el viaje sea de su agrado y lo más breve posible- dijo la azafata mecánicamente.

- Yo también espero que sea agradable- contestó ella.

Y luego bajito, con una media sonrisa mientras caminaba por el túnel de acceso al avión, añadió: “pero sin embargo espero que sea muy, muy largo”.

"Incandescente".

Y vamos a echar un cante al que le faltan los billetes,
al que se caga en la madre del que aprieta los grilletes,
a los que duermen al raso, a los que tiran palante,
al silencio de tus noches, a los portales que arden
en besos adolescentes cuando va a caer la tarde,
al que escribe poesía en las paredes de una cárcel,
un cante al que quiera escucharme.

Y vamos a echar un cante al que cuida la simiente,
al que tira to los muros con palabras transparentes,
a los pasos del fracaso, al que cruza la corriente,
al que regará las flores, al que sale como un rayo
arrancando los motores antes de que cante el gallo,
a los callos de las manos en los que aprendí a cuidarme,
un cante al que quiera escucharme.

Incandescente, de Marea (Revolcón, 2000).

Enfrentarse a la verdad.

La verdad es una ortiga;

el que la roza apenas, se pincha;

al que la coge con fuerza y resolución no le hace nada.

M.G. Saphir.



Con frecuencia llamamos experiencia a la suma de nuestros errores, y en muchísimas ocasiones sólo engrosamos esta- generalmente- cualidad cuando ha sido el dolor el que nos ha hecho aprender. A lo largo de los años he llegado a saber dos grandes cosas:

La primera es que si no estás preparado para enfrentarte a la verdad, no preguntes.

La segunda es que una vez te sientas capacitado para conocerla, tienes que preguntar.

No se puede vivir como si se hiciese en una balsa que flota, tranquila, sobre un mar aceitoso de engaños, pero también hay que reconocer que determinados momentos no son los más idóneos para encarar la realidad.

Un millón de primeros días.


Se miró en el espejo, de frente, y vació sus pulmones con una sola expiración apresurada, como expulsan las fuentes de un río el torrente de agua desde el interior de la tierra. Sus ojos, fijos, se clavaban en los de su reflejo. Sabía que en la vida había que reinventarse un millón de veces: porque las cosas cambiaban, porque cambiaban los lugares y también lo hacían las demás personas. Porque llegó un día en que supo que en realidad no sabía nada y que tenía que enfrentarse al mundo llevando en la mochila un manual de instrucciones en blanco.
Inspiró profundamente, se retiró un mechón de pelo de la cara y hendió durante un segundo más sus pupilas en las de la imagen del espejo. Luego abrió la puerta y al pisar la calle fue como si fuera la primera vez, y se sintió como una niña camino de su primer día de colegio.

De las que aúllan a la Luna.


Siempre he sido de las que subrayan máximas en las obras de los otros, de las que se quedan paralizadas en mitad de la carretera cuando han cruzado en rojo y casi contemplan- a cámara lenta- el frenazo del coche que está a punto de atropellarlas, de las que se alisan el pelo cuando llueve, de las que aúllan a la Luna, de las que olvidan los cumpleaños, de las que aman las flores en su habitación pero se les encoge el corazón si tienen que cortarlas y colocarlas en un jarrón, de las que sienten fascinación por las personalidades imposibles, de las que se aturullan si oyen trece conversaciones a la vez en un programa de los de gritos en la televisión, de las que entre las diversas tareas del hogar sólo encuentran placer en planchar, de las que se quedan hipnotizadas contemplando a los lobos, de las que son todo contradicción...

Van Gogh y las princesas.



Hace unos meses dejé que una foto desesperanzadora, cercana a esas que producen desgarro del alma, hablase por si sola: ya decían lo suficiente los pies de una pequeña en unos zapatos de charol rojo hartos de patear la calle de principio a fin en busca de clientes. Sin un sólo matiz más provocado por tres frases las tripas ya se hallaban encogidas.
No sería justa si dejase en el aire como una realidad inmutable que sólo puede callar una boca un alma quebrada por la vergüenza. También la belleza más absoluta puede dejarnos mudos. Y no hay nada tan cierto como que el esplendor está en los ojos de quien mira: mis labios enmudecen ante un lienzo de Van Gogh. Y mis tripas se contraen, y siento que la vida merece la pena. Y que la promesa de un mañana mejor para las princesas de zapatos escarlata en tan tangible como los dedos de mi mano. Y parece irreal, parece una quimera, pero en el fondo creo que en este mundo hay infinidad de lazos que no vemos y muchísimos que ni siquiera intuimos.
Gracias, Van Gogh, por tu esperanza. Gracias, Ródano, por haber reflejado en tus aguas calmadas la inmensidad del cielo.
Gracias, princesas, por ser como lingotes de oro: valiosísimas, inquebrantables.
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.