-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Oxígeno.

Podemos dejar que la vida nos pueda y nos ahogue con su aire cargado de veneno, o bien podemos tratar de buscar el momento exacto en el que se despiste y nos deje, por un sólo instante, asomar la cabeza allá donde haya aire puro.
Y tomar una bocanada de aire.
Hay quien elige morir rápido, inspirar hondamente cuando el aire está más viciado y sumergirse eternamente en un coma profundo. Hay quien decide morir de forma más lenta, convenciéndose de que cuando llegue el momento idóneo tendrá valor y respirará luz. Pero el momento llega siempre en un instante inadecuado, cuando más incapaz se siente de tornar sus tripas corazón. Finalmente, los hay que buscan una salida de forma desesperada: hay quien encuentra un portal entre las páginas de un libro.
Yo prefiero encontrar oxígeno puro buceando en alguna mirada.

Mi viaje y "Martín (Hache)".



La carretera, sacos de dormir, el cielo despejado y la música muy alta. Y ellos. Sé que siempre hay miles de motivos por los que quejarse, razones que ralentizan nuestros pasos y nos hacen dar traspiés. Pero también sé lo afortunada que soy por compartir aire con todas estas personas con mayúsculas que me acompañan en el camino.
Definitivamente, gracias a todos por gritar conmigo.




"Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes".
Martín (Hache), de Adolfo Aristarain. Guión de Adolfo Aristarain & Kathy Saavedra. :)

Lo que somos.

A veces nos dejamos llevar y olvidamos que otros nos están mirando. A veces escribimos sin pensar, sólo trazando sobre el papel una sucesión de letras que si se piensan detenidamente puede que ni siquiera tengan sentido. A veces cantamos bajito sin darnos cuenta. Otras veces simplemente la garganta da voz a un pensamiento que ha cruzado nuestra mente como una estrella fugaz, y casi siempre las palabras que articulamos son las más inadecuadas para la situación presente.
Pero es entonces, y sólo entonces, cuando atisbamos a ver qué es lo que en realidad somos.

Arritmia (2).

Le veo a lo lejos y mi corazón empieza a latir, desbocado. Se va acercando hacia mí, así como una cerilla encendida en medio de las tinieblas de un pasillo sin ventanas. Y ya tengo palpitaciones, y la sangre corre más espesa por las autovías azuladas de mi cuerpo. Sigue caminando, llenando de calor el aire que respiro. Podría oír cómo expulsa viento a través de boca entreabierta si mis latidos no fueran cañonazos que retumban dentro de mí.

Me toca. Siento que me desvanezco. Un instante después soy consciente de cada mota de polvo flotando a mi alrededor: él agudiza mis sentidos, doma mi distracción, y centra mi atención en él y en todo al mismo tiempo.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, nunca conseguirá amansar la arritmia que me produce el sólo sentirle cerca.

Arritmia (1).

Soy la persona más arrítmica que conozco y, aunque de pequeña soñase con ser una especie de Aretha Franklin pálida, la verdad es que siempre lo he sabido. Soy de ese tipo de personas que destrozan cualquier canción que tratan de entonar, aunque incluso la interpretación se reduzca a un simple tarareo. Sencillamente, es que no sé cantar.

¿Recuerdan a la Holly Golightly de Hepburn cantando como un jilguero en la ventana mientras Paul Varjak la observa extasiado desde su ventana? Bien, ese es justo el tipo de escena que jamás se repetirá conmigo. Soy más el tipo de neurótica que tan bien abandera Woody Allen con sus palabras trabadas y una corriente de frases que arrollan todo lo que pillan a su paso; algo así como si alguien hubiese abierto de repente las compuertas de un pantano y el agua estancada durante décadas fluyera, furiosa, a través de un cauce lleno de arbustos secos.

Ya no sueño con ser una diva del soul. Ahora, que soy una persona madura y consciente de sus limitaciones, he asumido que la música y yo nunca vamos a ser buenas amigas. Ahora sueño con escribir, o con ser una gran guionista, o con tener una pequeña tienda de libros de segunda mano. He custodiado las ganas de verme en mitad de un enorme estadio cantando ante un público entregado entre mis exorbitantes sueños de niña pequeña. Bien guardadito bajo llave en un baúl en el rincón más recóndito de mi mente. ¡Vaya estupidez eso de querer ser cantante! ¡Qué curiosos y extravagantes los sueños de cría ingenua!

Eso sí, si la vida afortunada me conduce de nuevo a Nueva York quizá pruebe a desayunar croissants delante de Tiffany’s. Puede que así me llegue la cura de la afonía.

Visitas.

Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.