-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Avanzar.


A veces la inspiración simplemente se marcha. Y corren los días y mis dedos se siguen deslizando por el teclado, pero no pasa nada. Escribo, y hay palabras, y frases con sentido, pero no tienen fondo. Las frases sin alma no sirven de nada.
Y casi prefiero dejar de escribir.
            Pasa el tiempo, y pienso que voy a olvidarme de que una vez creí que era lo único que sabía hacer y que no había otra cosa en el mundo que pudiera hacer. Y amé lo que hacía y deseé no hacer otra cosa el resto de mi vida.
Pero las musas se fueron e intento olvidarme de que una vez dormí con ellas. Procuro que mi vida siga, sin pena ni gloria, haciendo lo que, realmente, no deseo hacer. Como debe ser. E intento ser alguien de provecho y me doblego ante el tiempo y las cosas, ante el supuesto correr natural de los acontecimientos.
 Pero la esencia sigue estando ahí, pero el fondo nunca cambia. Los posos de una persona, como los del café, siguen mostrando un camino. Y decido seguirlo.
Y sigo queriendo ser Kerouac y recorrer, enloquecida, todo el territorio americano partiendo de Denver. Y quiero ser Paul Auster y amar Nueva York y escribir historias de detectives. Y Yates, y Woolf, y Capote… Y quiero ser tantas personas locas que necesitaría las horas de mil vidas para conseguirlo.  
Seguiré intentando escribir palabras con alma, seguiré persiguiendo a las musas si ellas no se dejan atrapar. Y amo lo que hago, y deseo no hacer otra cosa el resto de mi vida.

Cadenas.

El tiempo pasa, y la vida gira y da vueltas, y raras veces la sensación de vértigo abandona el cuerpo. Los días corren, incansables, y hago terribles esfuerzos por seguir siendo la que era, por no ceder ante las presiones externas y destruir lo que ha ido creciendo, poquito a poco, a lo largo de los años.
Y sigo creyendo en la compasión, en la bondad, en la persecución de imposibles. Y sigo sin querer  trabajar en una oficina, ni ser la jefa de nadie, ni tampoco tener que responder ante algo que no sea mi propia conciencia, libre, sin rejas ni trabas ni grilletes que la opriman. No quiero una vida de encierro: temo ante todo las cadenas invisibles, las que sigilosamente trazan lazos alrededor de la mente y aprietan un poco más cada día.
Aunque pasen los años, aunque el camino fácil pase por doblegarse ante el tiempo y los hechos, y la vida sea cruel y penosa, no me arrodillaré ante el conformismo, ni me acomodaré en las adormideras.
Aunque los años pasen, no permitiré, bajo ninguna circunstancia, que cualquier tipo de cadena aprisione mi mente.


Le Petit Prince


"—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos."
                                         
El Principito, ANTOINE DE SAINT - EXUPERY.


Siempre ha sido uno de mis favoritos.

" Y rió una vez más.
—¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
—Mi regalo será ése precisamente, será como el agua..."






 Ilustración: Adrian Hillman.

Arrepentirse.

Todavía era de noche. Muchas de las farolas de la calle estaban apagadas, y algunos tramos de la acera estaban sumidos en una oscuridad casi completa. Caminaba deprisa, entre luces y sombras, con esa lucidez mental que otorga una cantidad moderada de alcohol en la sangre. Era la primera vez en meses que disfrutó estando sola, la primera vez en años que no bloqueó sus propios pensamientos aunque empezaran a incomodarla. Pensó en todas las cosas que no había hecho, en todas las oportunidades perdidas, en la vida que no se había atrevido a tener. Y por vez primera sintió el paso del tiempo, firme, despiadado, como una carga casi insoportable sobre sus hombros. Su estómago se anudó y casi le costaba respirar, pero intentó olvidarse de ello y seguir pensando, sin trabas, sin barreras. Pensó en el arrepentimiento, y se dio cuenta de lo fina que era la barrera que lo separaba del dolor más puro. En ella el arrepentimiento era un sentimiento tiránico, que centraba todo alrededor de sí mismo e impedía que huyera de él, acaparaba sus días y sus noches y, aunque quizá había llegado a advertir esa realidad en otras ocasiones, aquella noche era la primera vez que se había atrevido a mirarle directamente a los ojos. Y allí estaba, inmenso. Volvió a notar el nudo en el estómago. Intentó ignorarlo. No pudo. Se dio cuenta entonces de que iba a permanecer allí durante mucho tiempo, y si seguía fingiendo que no existía acabaría por convertirse en una parte más de su cuerpo, como un parásito que le chupaba la sangre poco a poco, pero sin descanso.  
Decidió convertir al gigante en arena y deshacer el lazo. Aunque le llevara años. Años que vendrían cargados de luces y sombras, como las aceras de Madrid.

17-04-2012

17-04-2012-

A veces las cosas no salen como hemos planeado. A veces sencillamente nos descubrimos sentados de nuevo ante de la pantalla del ordenador, preguntándonos cómo ha podido pasar tantísimo tiempo desde que prometimos volver. Y no solemos encontrar explicación alguna: porque no la hay, porque el tiempo no avisa, porque estuvimos descansando durante siglos. Y tras la sorpresa inicial empezamos a notar el peso del tiempo en nuestra espalda, notamos que nuestras manos tienen cicatrices que no reconocemos, sabemos que sólo ha sido un pestañeo, pero que ese pestañeo cargaba la eternidad consigo.

Y de repente un día despertamos, y lo volvemos a ver todo como una vez lo hicimos. Y volvemos a sentir el dolor, el pánico, la falta de aire.

Y llega la duda.

Lo pensamos un instante, solamente uno, pues la idea de recular es tentadora y despiadada. Decidimos aceptar ese dolor y volvemos a reconocernos ante el espejo.

Y es que a veces las cosas no salen como hemos planeado, a veces sencillamente nos descubrimos sentados de nuevo ante de la pantalla del ordenador, cuando parece que han pasado mil siglos…

Visitas.

Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.