-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Vigilia


Había una vez un país donde unos pocos consiguieron que la mayoría interiorizase la máxima "el trabajo duro se recompensa" como una verdad indiscutible, y nos tragamos el sueño americano como una píldora contra la desesperanza. Pero yo mantuve el placebo un tiempo descansando en mi lengua y después de ver lo que vi y de sentir lo que sentí hoy lo escupo y me quedo con mi futuro sin sueños y con la realidad sin filtros. Porque la vida es una carrera de fondo, y no todos partimos desde la misma línea de salida.  Todos somos iguales en el momento de nuestro nacimiento: nos arrojan al mundo desnudos, indefensos, llorando. Para algunos, para los poderosos y los sin escrúpulos, la vida se ablanda y las metas parecen alcanzables. Otros, los invisibles, los que viven en vigilia, mueren como han nacido, y su existencia se torna en un laberinto circular.


Pero ellos insisten en repetir el mantra vacío que inventaron como una dosis de morfina para los que viven en la espiral infinita. Y así les mantienen ciegos ante la injusticia de las condiciones de su nacimiento, con la cabeza gacha y el cerebro lleno de palabras de esperanza. Sumisos. 


Nunca más. 




Noctámbula

Cuando el Sol se esconde detrás de los edificios y las tinieblas comienzan a reclamar el espacio que la luz les roba durante el día, ella sale de su agujero. Alrededor de su cuerpo parece orbitar un halo argentado que la acompaña a todas partes. Es morena y pálida, como si hubiese sido engendrada por seres nocturnos. Todos los amaneceres comienza una hibernación y todos los atardeceres vuelve a nacer, cuando la boca oscura de la noche pronuncia su nombre en un susurro. Y entonces sale a las aceras, las mismas que no conoce bajo la luz del día, y camina y se pierde entre los callejones de Madrid. Y su cerebro se reactiva bajo el abrazo de la Luna y es capaz de verlo todo con más nitidez, y es capaz de sentir la felicidad en su estado más puro.


En el barrio alguien comenta que es una mujer extraña, una noctámbula, una asceta que huye de la luz. Ella se ríe, porque sabe que únicamente después de que las estrellas cubran el cielo de pimienta plateada puede respirar la belleza sublime que sólo los hijos de la noche tienen el privilegio de conocer.


Contra la falta de fe.



La rutina. De nuevo, las clases. Y el ir y venir de gente, de gritos, de empujones en el Metro y de aire denso en los pasillos. Hace más de tres semanas que mis vacaciones de Navidad terminaron y lo hicieron, afortunadamente, después del imperativo del calendario: incluso el tiempo se permite un poquito de rebelión en ocasiones.
Sin embargo es ahora cuando empiezo a tomar consciencia de que las cosas han vuelto a su orden natural, como un río que se sale del cauce durante los días estivales y que con la llegada del otoño vuelve a su viejo camino. De nuevo la rebelión, esta vez en la Naturaleza.
Y es precisamente la rebelión algo en lo que pienso a menudo. Porque “rebelión” es una palabra muy amplia y porque engloba cientos de significados. Es uno de esos términos que son como el agua, que carecen de forma definida y adquieren la que tenga su recipiente. O la que le demos en nuestra mente.
Y siempre hay algún escéptico (o alguien que dice ser crudamente realista) que sube un par de dedos la persiana y deja que alguna sombra se introduzca en nuestra habitación iluminada. Y dice cosas que se parecen a “como si una rebelión fuera a servir para algo”.
Yo, que trato de vacunarme contra la falta de fe, prefiero volver a bajar la persiana y seguir creyendo en ella. Llámenme ilusa, pero estoy segura de que en alguna de sus miles de acepciones se lleva a la práctica.




He vivido.

Acabo de darme cuenta de que escribo para esconder en el interior de personajes ficticios lo que realmente siento. Cambian las descrpciones, cambian los nombres, cambian los lugares; pero el personaje permanece invariable: soy yo, detrás de una apariencia masculina o de una mujer madura. Soy todo lo que escribo. Pero me he dado cuenta de que también soy todo lo que no escribo.

Hoy quiero dejarlo todo a la vista, enseñar las cartas en su totalidad y no sólo las que quiero que los demás conozcan. Quiero dejarme de cinismos y de nombres falsos y de creer que son ellos y no yo los que hablan. Quiero exponerme porque estoy cansada de fingir, cansada de esconderme, cansada de negar que yo también siento dolor y que también lloro y que me desespero y que me muero de risa y que a veces soy feliz.

Sí, yo soy todo lo que habéis leído en todos mis textos anteriores. Y soy todo lo que leeréis en los que sigan. Sí, tengo muchos sueños y también tengo mucho miedo: miedo de todo, de la realidad de mi vida adulta -que a veces siento retrasada por circunstancias ajenas, tan ajenas como la luz a los peces abisales-, de convertirme en alguien que no me guste, de arrepentirme de demasiadas cosas, de que la gente se compadezca de mí y empiecen a tratarme como una muñequita de porcelana que se puede hacer añicos contra el suelo al más mínimo roce, de que aquellos que me quieren me dejen, de despertarme un día y haber perdido las ganas de escribir. Tengo miedo, mucho miedo, y también tengo grandes sueños por cumplir y muchas esperanzas que se intensifican o casi se diluyen dependiendo del día. Y sí, soy negativa hasta rozar lo enfermizo y un segundo después la vida se dibuja ante mis ojos como algo maravilloso e inconmensurable. Y sí, mil veces me han llamado rara y hay veces que me parece un halago y otras que se me clava como el peor de los insultos.

Pero he mirado al dolor a los ojos y he sentido sus dientes negros mordiendo mi carne. Y he llorado hasta que mis lágrimas, como avispas oscuras, han hecho un nido en mi pecho. Y he descubierto a base de tropezar y recomponerme que no hay nada más aterrador y maravilloso que la vida y el mundo. Porque he sobrevivido, Porque, es más, he vivido y respiro. Respiro ese aire contaminado y terrible y dulce y cargado de esperanzas de mi ciudad.

Respiro. Y respiraré. Y Madrid será testigo.


Siempre tú y siempre con tu mismo cartel -“make up my room”- colgado a las 7 en punto del manillar de tu puerta. Siempre yo con mis prisas y el sonido de mis tacones que se detienen un instante frente a la mía para colocar el mismo letrero. Siempre ambos, compañeros de pasillo, viajando a través del mundo y encontrándonos a veces junto al mar y otras en el hemisferio sur. Siempre con demasiada prisa como para cruzar una sola palabra.

Aquel otoño, dorado tenue por la escasez de Sol y las hojas caídas de los árboles, hubo un congreso en la Costa Blanca al que mi empresa me obligaba a asistir. Yo, aunque reacia como siempre, acudí porque en realidad no encontraba otra cosa mejor con la que ocupar mi tiempo. Pasé por la mañana, poco después de las 7 y camino del ascensor, por delante de tu puerta. En un principio no supe que el ocupante de aquella habitación eras tú, pero la visión de aquel cartel abrió dentro de mi mente una pequeña manilla que comenzó a gotear, inundando poco a poco mi cabeza con tu imagen.

Esa misma noche, cuando estaba a punto de salir del hotel, alguien pasó a mi lado, como una presencia cuya esencia dura un instante y después sólo queda vacío. Sin siquiera girarme supe que eras tú. Tú, siempre con tus andares frenéticos, las mangas de tu camisa meticulosamente remangadas y tu incansable puntualidad con el cartel de las 7. Tú con todas aquellas cosas que yo detestaba en un hombre. Pero al mismo tiempo tú y tu maravilloso aroma y tu misteriosa presencia, tú y el absorbente halo que te rodea. Desahucié de mi cabeza todo sentimiento de culpa respecto a la cena que me iba a saltar y caminé directamente hasta el ascensor. Las puertas estaban a punto de cerrarse y me colé por el estrecho espacio de aire que dejan un instante antes de aplastarlo como si fueran prensadoras.

Estábamos tú y yo solos, en el ascensor, con el número 7 señalado en luz amarilla. Tu piso, compañero de planta. Te miré fijamente, queriendo que  leyeses en mis ojos todo lo que quería contarte y que no me atrevía a decir: que te deseaba y que al mismo tiempo te odiaba, que estaba loca por sentir algo así por alguien a quien apenas conocía. Tú me devolviste la mirada y esbozaste una media sonrisa.

- Nos conocemos.

No fue una pregunta. El agua con tu imagen desbordó mi cabeza y me lancé hacia tu cuello como si fuera una vampiresa sedienta de sangre, y tu olor, tu olor y el calor de tu pecho y tus manos temblorosas en las que por primera vez no percibí aplomo, me sumergieron en una burbuja. Sentía el aire denso, como si estuviera compuesto de aceite, y el sonido de la puerta de tu dormitorio al cerrarse fue como un cañonazo en la distancia. Poco me importó el precio de tu corbata de marca o que los botones de tu camisa volaran por los aires. Tú estabas ahí, conmigo, cuando treinta segundos antes no eras más que un extraño entrando en un ascensor.

Lo que pasó aquella noche queda entre nosotros, como un secreto que guardan dos niños pequeños y que hace de su amistad algo casi sagrado, porque a nadie le importa saber más que el dato de que, a la mañana siguiente, sobre las diez, cuando aún seguíamos despiertos, saliste sin tu chaqueta impoluta ni tus pantalones de raya perfecta ni tus dientes recién cepillados y dejaste en la puerta colgando un “do not disturb”.






Avanzar.


A veces la inspiración simplemente se marcha. Y corren los días y mis dedos se siguen deslizando por el teclado, pero no pasa nada. Escribo, y hay palabras, y frases con sentido, pero no tienen fondo. Las frases sin alma no sirven de nada.
Y casi prefiero dejar de escribir.
            Pasa el tiempo, y pienso que voy a olvidarme de que una vez creí que era lo único que sabía hacer y que no había otra cosa en el mundo que pudiera hacer. Y amé lo que hacía y deseé no hacer otra cosa el resto de mi vida.
Pero las musas se fueron e intento olvidarme de que una vez dormí con ellas. Procuro que mi vida siga, sin pena ni gloria, haciendo lo que, realmente, no deseo hacer. Como debe ser. E intento ser alguien de provecho y me doblego ante el tiempo y las cosas, ante el supuesto correr natural de los acontecimientos.
 Pero la esencia sigue estando ahí, pero el fondo nunca cambia. Los posos de una persona, como los del café, siguen mostrando un camino. Y decido seguirlo.
Y sigo queriendo ser Kerouac y recorrer, enloquecida, todo el territorio americano partiendo de Denver. Y quiero ser Paul Auster y amar Nueva York y escribir historias de detectives. Y Yates, y Woolf, y Capote… Y quiero ser tantas personas locas que necesitaría las horas de mil vidas para conseguirlo.  
Seguiré intentando escribir palabras con alma, seguiré persiguiendo a las musas si ellas no se dejan atrapar. Y amo lo que hago, y deseo no hacer otra cosa el resto de mi vida.

Cadenas.

El tiempo pasa, y la vida gira y da vueltas, y raras veces la sensación de vértigo abandona el cuerpo. Los días corren, incansables, y hago terribles esfuerzos por seguir siendo la que era, por no ceder ante las presiones externas y destruir lo que ha ido creciendo, poquito a poco, a lo largo de los años.
Y sigo creyendo en la compasión, en la bondad, en la persecución de imposibles. Y sigo sin querer  trabajar en una oficina, ni ser la jefa de nadie, ni tampoco tener que responder ante algo que no sea mi propia conciencia, libre, sin rejas ni trabas ni grilletes que la opriman. No quiero una vida de encierro: temo ante todo las cadenas invisibles, las que sigilosamente trazan lazos alrededor de la mente y aprietan un poco más cada día.
Aunque pasen los años, aunque el camino fácil pase por doblegarse ante el tiempo y los hechos, y la vida sea cruel y penosa, no me arrodillaré ante el conformismo, ni me acomodaré en las adormideras.
Aunque los años pasen, no permitiré, bajo ninguna circunstancia, que cualquier tipo de cadena aprisione mi mente.


Le Petit Prince


"—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos."
                                         
El Principito, ANTOINE DE SAINT - EXUPERY.


Siempre ha sido uno de mis favoritos.

" Y rió una vez más.
—¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
—Mi regalo será ése precisamente, será como el agua..."






 Ilustración: Adrian Hillman.

Arrepentirse.

Todavía era de noche. Muchas de las farolas de la calle estaban apagadas, y algunos tramos de la acera estaban sumidos en una oscuridad casi completa. Caminaba deprisa, entre luces y sombras, con esa lucidez mental que otorga una cantidad moderada de alcohol en la sangre. Era la primera vez en meses que disfrutó estando sola, la primera vez en años que no bloqueó sus propios pensamientos aunque empezaran a incomodarla. Pensó en todas las cosas que no había hecho, en todas las oportunidades perdidas, en la vida que no se había atrevido a tener. Y por vez primera sintió el paso del tiempo, firme, despiadado, como una carga casi insoportable sobre sus hombros. Su estómago se anudó y casi le costaba respirar, pero intentó olvidarse de ello y seguir pensando, sin trabas, sin barreras. Pensó en el arrepentimiento, y se dio cuenta de lo fina que era la barrera que lo separaba del dolor más puro. En ella el arrepentimiento era un sentimiento tiránico, que centraba todo alrededor de sí mismo e impedía que huyera de él, acaparaba sus días y sus noches y, aunque quizá había llegado a advertir esa realidad en otras ocasiones, aquella noche era la primera vez que se había atrevido a mirarle directamente a los ojos. Y allí estaba, inmenso. Volvió a notar el nudo en el estómago. Intentó ignorarlo. No pudo. Se dio cuenta entonces de que iba a permanecer allí durante mucho tiempo, y si seguía fingiendo que no existía acabaría por convertirse en una parte más de su cuerpo, como un parásito que le chupaba la sangre poco a poco, pero sin descanso.  
Decidió convertir al gigante en arena y deshacer el lazo. Aunque le llevara años. Años que vendrían cargados de luces y sombras, como las aceras de Madrid.

17-04-2012

17-04-2012-

A veces las cosas no salen como hemos planeado. A veces sencillamente nos descubrimos sentados de nuevo ante de la pantalla del ordenador, preguntándonos cómo ha podido pasar tantísimo tiempo desde que prometimos volver. Y no solemos encontrar explicación alguna: porque no la hay, porque el tiempo no avisa, porque estuvimos descansando durante siglos. Y tras la sorpresa inicial empezamos a notar el peso del tiempo en nuestra espalda, notamos que nuestras manos tienen cicatrices que no reconocemos, sabemos que sólo ha sido un pestañeo, pero que ese pestañeo cargaba la eternidad consigo.

Y de repente un día despertamos, y lo volvemos a ver todo como una vez lo hicimos. Y volvemos a sentir el dolor, el pánico, la falta de aire.

Y llega la duda.

Lo pensamos un instante, solamente uno, pues la idea de recular es tentadora y despiadada. Decidimos aceptar ese dolor y volvemos a reconocernos ante el espejo.

Y es que a veces las cosas no salen como hemos planeado, a veces sencillamente nos descubrimos sentados de nuevo ante de la pantalla del ordenador, cuando parece que han pasado mil siglos…

El impasse.


En ocasiones parece que las cosas no marchan como deberían o, directamente, que no marchan. Y se nos acaban las ideas, y ya no sabemos sobre qué escribir o hablar o sencillamente pensar. Y nos parece que el tiempo se detiene y se nos viene a la cabeza la imagen, mil veces utilizada en las películas, de copos de nieve o de granos de polen suspendidos en el aire, quietos, como si la corriente que los acuna se hubiera detenido. Y tenemos miedo de estancarnos, o incluso de llegar a dar un paso atrás. Parece que lo más fácil es acurrucarse en una esquina a observar cómo el polen flota eternamente a nuestro alrededor.
Pero de lo que no nos hemos dado cuenta es de que ese impasse ha durado sólo un instante: el tiempo que hemos retenido el oxígeno en los pulmones. Y cuando respiramos otra vez todo vuelve a su velocidad natural, y el aire mece el polen, y la vida sigue hacia delante.

País de borregos.

Vivo en un país en el que, según un estudio realizado hace pocas semanas, la tercera fuerza política, si se presentase a unas elecciones, sería Belén Esteban (para quienes tengan la suerte de no conocerla, una señora cuyo mayor logro ha sido divorciarse de un torero y dedicarse a ir contando su vida y milagros por las cadenas de televisión, orgullosa de casi no haber acabado los estudios primarios).

Vivo en un país en el que los programas del corazón se encargan de engrosar las arcas de la descendiente de un ex-dictador (léase Carmen Martínez-Bordiú, nieta de Franco), repletas ya de dinero ganado de la forma más desonrosa posible.

Vivo en un país, ya que estamos hablando de dictaduras, en el que chicos de dieciséis años se consideran fascistas y dicen "con Franco se vivía mejor", cuando ellos nacieron veinte años después de su muerte.

Vivo en un país en el que se mira por encima del hombro a los inmigrantes, sin que nadie parezca recordar que la mayoría de nosotros descendemos de quienes tuvieron que irse a Alemania o Argentina, por citar dos ejemplos, en busca de una vida mejor.

Vivo en un país en el que un 70% de la población, ante la pregunta:
- ¿Quién es para usted el español que más ha aportado al mundo en toda la Historia?"
Contestarían:
- Villa.
Y les volverían a preguntar:
- ¿Y Ortega y Gasset?
- ¿Quién?
- ¿Ramón y Cajal, Garzón, Lorca, Dalí...?
- No conozco. Pero si no les vale Villa, creo que Iniesta también ha hecho mucho por el mundo.
- Está bien, déjelo.
Y se irían tan anchos a escuchar en la televisión a la Esteban y a Carmen Martínez Bordiú.

Vivo en un país en el que veo esto día a día. Ya nadie va a conseguir convencerme de que éste no es un país de borregos.

"Mundo teletienda"

A pierna suelta se nos duerme
cada noche la conciencia,
aunque haya niños buscando
Lunnis por los vertederos.

Desafiante como un perro
nos vigila el mercado.
Cómpralo aunque esté hecho
por niños encadenados.

Crónica negra de africanos
en nuestros telediarios.
Sanguinarios mercenarios
con tan solo 9 años.

Ladrones de infancias,
verdugos de inocencias,
cómplices de un genocidio
en este mundo teletienda.

Grasientos imperios
primer mundo de indolentes.
Bienestar que construimos
sobre la sangre de imberbes.

Alcohol y pegamento y si hay suerte
cocaína y caballo.
Niños con muchos camellos
pero pocos reyes magos.

Putas esclavas sin la regla
subsisten por su entrepierna.
Nos follamos a sus hijos
en vez de hacerles escuelas.

Niños obreros, desnutridos,
torturados y violados
son los que hacen los juguetes
de nuestros niños mimados.

Ladrones de infancias
verdugos de inocencias.
Cómplices de un genocidio
en este mundo teletienda.

Grasientos imperios
primer mundo de bastardos.
Estamos creando monstruos
y ellos a niños soldado.


Los de marras, Mundo teletienda.



"Canto a mí mismo", de Walt Whitman.

32. Creo que podría volverme a vivir con los animales.
¡Son tan plácidos y tan sufridos!
Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.
No preguntan,
ni se quejan de su condición;
no andan despiertos por la noche,
ni lloran por sus pecados.
Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios...
No hay ninguno descontento,
ni ganado por la locura de poseer las cosas.
Ninguno se arrodilla ante los otros,
ni ante los muertos de su clase que vivieron miles de siglos
antes que él.
En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.

Duerman tranquilos, señores policías.


El otro día, en una de esas tardes en lo que lo único que te pide el cuerpo es que dejes de bañarte en un mar salvaje y te subas durante unas horas a una barca para respirar, caminaba en dirección a Sol por la calle Preciados. Era el anochecer de un día límpido, también caluroso, y todo el centro de Madrid estaba abarrotado. Se oían voces y risas y el estrujarse de bolsas de plástico por todas partes, y en una de las paredes del lado derecho había unas cuantas estanterías llenas de libros que unos grandes almacenes había rebajado. Todo estaba tranquilo en su agitación, era una tarde normal de sábado en aquellos lugares.
De repente empezaron a escucharse pisadas apresuradas, carreras y gritos, y seis o siete africanos y un indio corrieron calle abajo cargados de bolsas y mantas dobladas y llenas de objetos. Detrás, la luz azulada de dos motos de la policía les pisaba los talones, esquivando a los cientos de personas que presenciaban el suceso. Abajo, un tercer grupo de municipales había atravesado un coche en la desembocadura de la vía.
Y parecían gatos monteses y ratones, perros de caza y pequeños conejos, aves de rapiña y presas fáciles. Animales salvajes.
Los policías, orgullosos tratando de agarrar a siete hombres que se ganan la vida como pueden, llegarán a sus casas con la satisfacción del trabajo bien hecho: de haber limpiado las calles, de haber protegido a los ciudadanos.
Y mientras, a dos calles (literales) de allí, en la famosa Montera, una prostituta en cada esquina y un chulo que la mira de cerca. Y una paliza ignorada cada poco rato y tráfico de seres humanos y repulsión y vergüenza. Y la vista gorda por parte de las autoridades.
Señores policías, miren ustedes bien en sus adentros cuando se metan en la cama, piensen si realmente han hecho bien su trabajo o han utilizado un placebo para su conciencia. Porque tan culpable es el que ordena la comisión de injusticias como los mandados que, pudiendo rebelarse, no lo hacen.
Y, mientras, sigan metiendo en el calabozo a inmigrantes que intentan sobrevivir sin dañar a nadie y condenen una eternidad más a las prostitutas de Montera en su cárcel al aire libre.
Duerman tranquilos, sí.

Amarga ironía.


Cada vez soporto menos los gritos (los de dentro y los de fuera), y cada vez siento más la tensión como una bruma que se va haciendo más densa, viciando el aire de todos los lugares de esta casa. Y el pasillo está atravesado por mil cables invisibles que se entrecruzan y entrelazan y me impiden caminar, y la cocina no es más que una celda de azulejos blancos y sueños quemados. Y al final acabo mirando entre las llamas de la vitrocerámica por si encuentro las respuestas que una vez algunos encontraron en otros lugares y otros tiempos, y termino rascando con un cuchillo en la base de las sartenes por si alguien ha dibujado un mapa bajo la capa antiadherente. Y me desespero porque mi sexto sentido sólo me permite percibir la tensión como una tela de araña que todo lo abarca. Pero mi limitada percepción número seis se queda encanchada en la seda proteica y cuanto más se retuerce más se apresa.
Amarga ironía.
Y acabo sentada con la cabeza entre las manos y mirando entre el alcohol de todos los vasos que encuentro-por si hay escondida una llave-. Mas el metal no flota y tengo que vaciarlos para advertir que tampoco está en el fondo. Y respirar se hace más difícil y cada vez hay más hilos atados a mis piernas, y el corazón me resbala por todos los rincones de esta cárcel encubierta.
Y espero más y más, y sueño tanto y tan firme que mi cerebro empieza a astillarse. Y veo las puertas aparentemente abiertas y los lazos invisibles que me atan a esta casa como si fueran cadenas de hierro y casi muero de agonía. Y por primera vez las personas a las que quiero son cargas amarradas a mis tobillos que no me permiten huir lejos, muy, lejos. Y mi vida transcurre encerrada en un presidio que aun teniendo mil ventanas me impide la fuga.
Amarga ironía.

Ni un minuto más de silencio: 016.


"Cada 18 segundos una mujer es maltratada en el mundo, según datos de Naciones Unidas. Y al menos una de cada cinco es víctima de malos tratos en su propio hogar, según la OMS. En pleno siglo XXI, no hay ni un solo país en el que hombres y mujeres tengan el mismo estatus, ni las mismas oportunidades. En 2002, el Consejo Europeo declaraba la violencia doméstica como un "mal endémico", al ser la principal causa de muerte entre las mujeres de 16 a 44 años".

Y es que esta no es una lucha ajena, no es una guerra "de ellas". Esta es una lucha común: tan suya como nuestra. Yo creo en la concienciación, creo en la revolución social y en la evolución mental de las personas. Creo en un mundo donde a los niños se les eduque desde la igualdad y el respeto al otro sexo. Creo en la capacidad de la mujer para seguir luchando contra todas las trabas que se le imponen y creo en la victoria final. Creo en el equilibrio entre los sexos. Aún sigo creyendo en la capacidad humana de rectificar ante sus evidentísimos errores.
Creo en el cambio, y el cambio empieza aquí y ahora. El cambio está en ti, en mí: en nuestras manos...

No caben justificaciones. No hay excusas.
El silencio también lastima. ¡Rómpelo!
Teléfono de atención frente al maltrato: 016.

El mapa para el perdido.


Ella está viva y respira
y cada vez que exhala
llena el mundo
de pedazos de ella.
Y el mundo debería estarle agradecido.
Y los hombres deberían rendirle culto.
Y el dolor es un poco menos intenso
cuando ella lo adormece con sus palabras.
Ella es necesaria,
es aire,
es roca contra la que rompen las olas.
Ella es los ríos y el mar,
la noche y el día,
y la noche otra vez.
Éterea, tan tangible,
bella e invisible,
la madre de todos,
el hombro para el que llora,
el mapa para el perdido,

el lazarillo para el ciego,
la tabla de madera para quien se ahoga.
Ella es un trozo del mundo, y el mundo existe por ella.





Fotografía: ISABEL ORDÓÑEZ GRACIA. http://saludyprocesoscreativos.blogspot.com/

Otras madrigueras.



Ella observa la vastedad del mundo que se extiende frente a sus ojos como aceite derramado sobre una base de agua salada. Puede saber dónde se esconden las madrigueras en los bosques o predecir una tormenta por cómo han dejado de cantar los pájaros. El mundo huele a lluvia y a tierra mojada y a mar y a arena del desierto. Y suena como los acantilados, como la inmensidad de los valles, como el atardecer en la montaña. Desde donde está puede olerlo, tocarlo, sentirlo.
Pero de repente abre los ojos y sólo ve el blanquecino techo plagado de manchas de su propia madriguera. Y sólo oye las voces estridentes (como uñas que arañan una pizarra con ira) de los que aparecen en la pantalla de su televisión, y el claxon furioso de los coches ahora que es el momento de volver a casa. Y no huele más que la fritanga que está cocinando la vecina de al lado.
Y se siente mareada, sangrando por todos sus poros, perdida. Una náusea recorre su cuerpo y parece una corriente de aire y humo. Y le duele y se aferra con los dedos al sillón. Una segunda náusea se apodera de su vientre tembloroso y parece mil elefantes corriendo por su esófago. Y le duele y se agarra aún más fuerte al sillón y cierra los ojos hasta que ve puntos de luz. Una tercera náusea nace de su estómago y parece una corriente eléctrica. Y ya no le duele, y abre los ojos, casi con miedo, y ya no ve la televisión, ni los muebles, ni paredes que la rodean. Sólo es capaz de ver la puerta que se alza, imponente, donde siempre se ha alzado.
Y de repente sabe que no hay otra salida que tomar esa puerta e ir a oír los valles, a oler la lluvia, a encontrar otras madrigueras. Y de repente comprende que no es otro su destino.

Suficiente.

Y mayo, y el tiempo, y tantas voces entremezcladas, y de nuevo mayo. Confusión. Ahogo. Ganas de echar a correr.
¿Cuándo sabemos que ha llegado el momento de decir basta?

Visitas.

Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.