
En ocasiones parece que las cosas no marchan como deberían o, directamente, que no marchan. Y se nos acaban las ideas, y ya no sabemos sobre qué escribir o hablar o sencillamente pensar. Y nos parece que el tiempo se detiene y se nos viene a la cabeza la imagen, mil veces utilizada en las películas, de copos de nieve o de granos de polen suspendidos en el aire, quietos, como si la corriente que los acuna se hubiera detenido. Y tenemos miedo de estancarnos, o incluso de llegar a dar un paso atrás. Parece que lo más fácil es acurrucarse en una esquina a observar cómo el polen flota eternamente a nuestro alrededor.
Pero de lo que no nos hemos dado cuenta es de que ese impasse ha durado sólo un instante: el tiempo que hemos retenido el oxígeno en los pulmones. Y cuando respiramos otra vez todo vuelve a su velocidad natural, y el aire mece el polen, y la vida sigue hacia delante.