-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Biografía.

Por fin me decido a abrir la puerta, tras años de cavilación, y a poner mis pies sobre los adoquines del paseo. Resuenan fuera mis pasos y cañonazos en mi interior. Empiezo a caminar y al principio me cuesta. Piso mis propios cordones y pierdo el equilibrio, piso zapatos ajenos y de vez en cuando recibo un empujón. Pero soy de mármol y resisto, caigo y me vuelvo a levantar. Camino hacia delante porque no sé que dirección tomar. A veces me desvío, pero siempre termino en el mismo sendero. Voces me llaman desde la distancia. Me tientan con promesas que me cuesta no escuchar. Sonrío y sigo caminando porque temo que la tentación sea más fuerte que mi contención. Brillan dientes y suenan voces metálicas, robotizadas, como las que anuncias las estaciones del Metro, distantes, escupiendo palabras que vuelan y se pegan a mis tímpanos como estuvieran cubiertas de miel. Sacudo la cabeza y lucho contra la dulzura. De pronto un sabor amargo invade todo el ambiente. Las nubes pasan, cargadas de agua, aúllan los lobos y se quiebran los tallos verdes de la primavera. Mis manos se alargan y rozan con las yemas el oro que me tienden. El brillo rojizo de rubíes amontonados sobre la palma extendida del diablo encorbatado deslumbra mis ojos. Paso de largo y la piedra se vuelve líquida y gotea, densa y escarlata, hasta caer sobre el asfalto. Veo piernas que se alargan y me ponen la zancadilla. Cada vez me cuesta más levantarme cuando caigo. Incluso creo que estoy empezando a perder mi brazo izquierdo, el que siempre juré que mantendría. Al fondo veo la playa, y la llamada de Iris Murdoch me arrastra hacia ella como el metal a los imanes. Salgo del paseo y noto el susurro del viento que me trae los gritos de quienes dejé atrás con las manos oferentes. Escucho las olas y el gemido desesperado de una voz de mujer. “El mar, el mar”. Meto la mano en el bolsillo y saco un granito de arena que traigo desde el asfalto. Lo dejo caer y por un instante lo veo, único y orgulloso; pero el viento arrastra más piedras y se pierde entre ellas. Me arrodillo a buscarlo, y mientras escarbo desesperadamente pierdo ambos brazos. Me levanto y llamo chillando a mi granito de arena. Soy la Venus de Milo en mitad del desierto. El siroco ni siquiera me devuelve los gritos, llevándoselos lejos dónde no puedo ni sentir los átomos de oxígeno que han desgarrado a su paso. Estoy sola, me he desprendido de algo muy mío y ya no lo tengo. No he recibido nada a cambio. Noto el peso de unos granos de gravilla en el bolsillo. Aumenta por momentos. Los quiero. Son míos y allí van a quedarse. Me arrastro hasta el asfalto y voy dejando un reguero de sangre a mis espaldas. Digo que sí a quienes dije “no” y ahora debo pagar las consecuencias de mi negativa. Se ríen de mí y dicen que siempre es igual. Me agarran un dedo, colocan un anillo para que selle todos los documentos que pongan entre las manos y me conducen hacia las calles abarrotadas. Tengo un instante para mirar hacia atrás, porque echo de menos un sonido que ya no retumba en mis oídos. Sólo por un momento, el tiempo justo que me conceden para girar la cabeza, lo veo yaciendo empapado entre la arena de la playa. Suenan campanas a lo lejos, que anuncian con alegría la muerte de un ser querido. Me separo del suelo cientos de metros, enlatada en un ascensor de plata. Mientras me acomodo en la silla de mi despacho voy pensando un buen epitafio para mi corazón.

2 comentarios:

un epitafio es algo muy drástico
meditalo bien cancelarlo o clausurarlo puede que funcione pero nunca debe ser definitivo.

solo tiene que sanar y quizá el tiempo (no se cuánto) poco a poco te brinde lucidez y hacia donde hay que ir.

tal vez esas campanas que hay que oir no tengan que ser de luto

 

tssssssssssss
wwuuuaaaaaaa
qe buenisimo!!!
te leo!
=D

 

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Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.