-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

La libertad.

A todos nos encanta hablar de la libertad. Decir que somos fugitivos, que nada nos ata y que ni siquiera dependemos de un viento favorable que empuje nuestras velas, porque cuando es necesario sacamos los remos y tiramos de energía acumulada pensando en un “por si acaso”. Hablamos de cómo corrimos aquella vez bajo la lluvia, sin preocuparnos del resfriado; de que no nos importa nada lo que los demás comenten sobre nuestra vida; de cuántas veces habremos dejado boquiabiertos a quienes esperaban oír unas frases por nuestros labios que finalmente resultaron totalmente distintas.

Amamos hablar de la libertad, nuestra mayor posesión, el mejor de los derechos.

Mas nunca hablamos de los grilletes invisibles que nos apresan, pero que sentimos bien aferrados a nuestros tobillos. Nos duele hacerlo, queremos que el placer que nos aporta la libertad sea puro, sin ninguna mancha. Sin un solo “pero”. Muchas veces nos sentimos maniatados por cuerdas que nadie más percibe, como si el aire crease los barrotes de una celda a nuestro alrededor, y nuestros castillos de piedra resultan estar compuestos de naipes y se vienen abajo con la más mínima brisa de poniente.

A veces debemos quedarnos, renunciar a nuestra libertad, ser un poco más esclavos para sentirnos algo menos egoístas. A veces compromisos absurdos cortan nuestras alas o grandes problemas nos retienen donde no nos queremos quedar.

Y es entonces cuando debemos decidir qué es lo que nos compensa, cuando debemos meditar quedamente. Y la decisión es dura, y siempre duele. Porque toda decisión implica una renuncia.

Y, si decidimos marcharnos, a veces debemos dejarnos las uñas tratando de abrir el candado que cierra una ventana tras la cual vemos un camino eterno, y a veces nos llenamos las manos de astillas golpeando una puerta cerrada de par en par. Y cuando esa puerta se abre, o cuando rompemos el cristal de la ventana, ni nuestras uñas astilladas ni toda la sangre que mancha nuestra ropa nos parecen grandes males.

Porque somos libres. Y en ocasiones nuestra libertad nos ha costado la mano que estaba rodeada por una esposa y que hemos tenido que cortar. Pero, a pesar de las palpitaciones y los pinchazos y el escozor que sentimos por todo el brazo, somos libres.

Porque la libertad supone también una renuncia. Y, como todas las renuncias, duele.

4 comentarios:

Me enamora como escribes, muaak!

 

tssss
estoy enamorada de tus escritos......

 

Increíble. Espléndido. De verdad tienes mucha razón, las renuncias suelen doler aunque hay veces que se renuncia por algo que de verdad merece la pena y mitiga el dolor

 

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Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.