-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Por el fregadero.

Escucha el monótono tic-tac del reloj retumbando en sus oídos, desgarrándole los tímpanos como si fuera el sonido de mil espadas iracundas chocando entre sí. Ruido metálico, carente de cualquier tipo de piedad y plagado de dolor, frío. Frío como la tarde de invierno que se desliza a través de sus dedos, llenando de grietas blanquecinas el contorno de sus nudillos, y entre los granos del reloj de arena que imagina en su mesilla. Frío como los besos que lleva regalando tantos meses y que dejaron de nacer de su estómago. Tan gélido como la mano que aprieta su corazón y convierte cada latido en una lenta agonía, como las lágrimas que recorren sus mejillas y cavan profundos surcos a lo largo de su rostro. Siente sus extremidades totalmente dormidas (parece que hibernan) y un vaho que a punto está de convertirse en hielo sale de su boca cuando expira. Y cada vez que vacía sus pulmones se pregunta si será la última y se asusta al pensar que algo dentro de ella desea que así sea.

Tiene que hacerlo.

Se esconde bajo el edredón huyendo del aire cargado de humo y recuerdos para no ver el cenicero rebosante de colillas consumidas hasta el filtro que descansa sobre la moqueta. Allí debajo, respira, y casi el consuelo relaja sus músculos al notar que el viento que emana de su boca se siente algo cálido sobre sus piernas. Es una percepción tan leve que ni siquiera sabe si es real o sólo fruto de su ansias desesperadas por encontrar un vestigio de calor en el invierno de su dormitorio. Cierra los ojos como si ante si tuviese un espectáculo aterrador y nota unas manos enredándose entre los mechones de su pelo, dañándola con leves tirones que, sin ser adrede, lo parecen. Aprieta aún más los párpados y llega aquel olor como una corriente sin fin de aire envenenado girando en espiral alrededor de su cabeza. Y la percibe cada vez más densa, más negra y más asfixiante, tanto que no le permite ver todo cuanto está frente a ella, ni tampoco girar los iris hacia dentro, como hacía cuando era pequeña y quería ver ranas en lugar de botellas de ron y una hermosa princesa-su madre- besándolas justo en los labios. Como cuando imaginó, ya no tan pequeña, a su madre como Blancanieves tendida en un lecho de flores esperando a su príncipe azul, justo unos instantes antes de que exhalara su último aliento y muriera de cirrosis es ese hospital esterilizado de bacterias y sentimientos. Junta tan fuerte las pestañas que sólo consigue ver las facciones leves de él entre puntos de luz sobre fondo negro.

Ha de hacerlo.

Abre con fuerza los ojos. Se incorpora y le duelen las pupilas, mientras una gota resbala por su mentón y cae sobre su palma extendida. Agacha la cabeza y ve que no tiene color, aunque en el fondo sabe que es de un rojo intenso.

Ahora sus pies rozan el suelo del dormitorio, y las sábanas de seda se tornan esparto. Se alza y siente que el peso del oxígeno que todo lo invade es demasiado sobre su cuerpo. Se dobla hacia delante, abrazándose el estómago. Consigue que su cuello, agotado, eleve su rostro hacia el frente y, entre la luz que se cuela por las rendijas de la persiana, percibe su reflejo en el espejo que descansa junto a uno de los armarios que entreabren sus puertas a una efímera vía de escape.

Pero ella ha decidido que no quiere esconderse más.

Sale al pasillo mientras el cuco anuncia las cinco y media, y la calma momentánea que se había apoderado de su cuerpo se desvanece como la escarcha bajo los rayos del alba. Pero la intención perdura e intenta ignorar la presión de la palma de la mano de él que entorpece el empuje de su sangre.

Nada va a echarla atrás.

Escucha un golpe débil en la ventana y se acerca a ella rezando porque la cuidad no haya desaparecido y se sigan viendo la alameda y los columpios a través de sus cristales. Y bajo una copiosa manta de lluvia observa a los niños correr para refugiarse en los soportales.

Algo parecido al alivio desentumece un poco sus venas, porque tiene frente a si un enorme mundo para huir. Ir allá donde él y sus gestos y su voz no puedan seguirla.

Ha oído a muchos decir que salir corriendo es otra forma de esconderse, pero ella se promete que una vez inicie la carrera no se detendrá jamás. Toda su vida se ha ocultado en lugares estrechos y asfixiantes. Eso es lo que sabe de cerrar los ojos ante la realidad. Y sentir justo lo contrario significará (aunque falsamente, pero eso a ella no le importa) una libertad tan pura y tangible que le perecerá estar viviendo un sueño.

Y esa promesa de libertad eterna le da fuerzas para decir lo que lleva tanto tiempo anhelando expresar.

Él está a punto de llegar. Lo sabe porque siempre lo hace cuando algunos minutos se han marchado para siempre tras el canto del reloj. Tiene sed. Su garganta arde como pedazos de leña en un horno recién encendido, así que se encamina a la cocina tratando de recordar el momento justo en el que el amor fue suplantado por aquel sentimiento tan terrible en ocasiones que es el cariño. No es capaz de recordarlo, porque puede que no fuera cosa de un momento, como sí lo es el instante que lleva arrebatar la vida de otro apretando un gatillo metálico. Lo que sabe con certeza es el odio que destila hacia esa sensación que no mata pero tampoco da vida, que no calienta pero no hace perecer de frío aunque amenaza constantemente con ello, que sin llamarse dolor puede prender una cascada infinita de los párpados de cualquiera. Un agudo pinchazo le saca de sus cavilaciones y, agachándose, se arranca del pié el broche que acechaba en el suelo desde que lo había arrojado contra la pared un par de horas antes, cuando había visto en el fondo de un joyero su resplandor suave y moribundo. Y recuerda el día en que él había colocado la preciosa joya sobre el ojal de su chaqueta. Y se da cuenta de que las cosas de este mundo mutan en relación al tiempo percibido por los seres que las miran, y no por los instantes reales que cubren de polvo de experiencia cada uno de sus átomos. Cómo la misma luz puede parecer cegadoramente bella o a punto de fenecer dependiendo del momento en que sea captada por las retinas de quien ante ella se encuentra. El mismo número de segundos, distintas apreciaciones.

Obvia el escozor y entra en la cocina, dejando a cada paso una fina estela rojiza sobre las baldosas blancas. Y escucha el ruido del pestillo y un paraguas sacudiéndose, y el golpe seco de la puerta al cerrase, que reverbera en su cabeza como si esta estuviese horriblemente hueca. Pero ella no se detiene y coge un vaso de la encimera. Siente sus pasos que se acercan y su olor que invade cada recodo de la estancia. Pero aunque sus dedos tiemblan como espigas de trigo bajo el viento del Oeste abre el grifo y deja correr el agua unos instantes. Luego, otro par de pasos y la leve presión de las manos de él rodeando su cintura. Y contiene una lágrima porque le daña de la misma manera que el abrazo desesperado que se había dado minutos antes en su dormitorio, cuando la bóveda celeste amenazaba con caerse sobre su cabeza. Llena el vaso tratando de recordar el momento justo en el que el amor fue suplantado por aquel sentimiento tan terrible en ocasiones que es el cariño. No es capaz de recordarlo, porque puede que no fuera cosa de un momento, como sí lo es el instante que lleva arrebatar la vida de otro apretando un gatillo metálico. O diciendo un par de palabras. Algo se estremece en su interior, y le duele tanto que casi le corta la respiración. Cierra el grifo y con la mano que no agarra el vaso de cristal aprieta el brazo de él, mientras ve cómo el valor se va con el agua por el fregadero.

2 comentarios:

bravo
bravisimo...
sublime...
hermoso...


Hermoso...............

 

Buff.....sin palabras. Es muy bueno!

 

Publicar un comentario

¡Gracias por tu tiempo!

Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.