
Cuando siente que las fuerzas le abandonan y que sus piernas flaquean, quebradizas como briznas de hierba seca, se obliga a decir “basta” y a frenar esa enloquecida carrera. Y puede ser en su habitación, sola y envuelta en un aire viciado de aflicciones y sueños, o en la calle, o mientras reza porque el tiempo vuele entre estación y estación -cobijada en el mundo que late incesante bajo las escamas de la ciudad-, cuando todo se detiene.
Respira: una, dos, tres veces. Las que hagan falta, el tiempo está en sus manos. Y a veces se concede un par de minutos de fragilidad absoluta y llora como si de la intensidad del llanto dependiese su vida. Luego se seca las mejillas y se frota bien los ojos. Parpadea. Toma aire.
Ya pueden reanudar las agujas su marcha, de nuevo.
Respira: una, dos, tres veces. Las que hagan falta, el tiempo está en sus manos. Y a veces se concede un par de minutos de fragilidad absoluta y llora como si de la intensidad del llanto dependiese su vida. Luego se seca las mejillas y se frota bien los ojos. Parpadea. Toma aire.
Ya pueden reanudar las agujas su marcha, de nuevo.