
A veces me pregunto hasta qué punto la vida es un ciclo; si los acontecimientos se siguen unos a otros formando una línea que empieza y acaba en el mismo punto, para de nuevo volver a empezar. Y a veces me pregunto en qué posición exacta me hallo del trayecto: y entonces todo se vuelve más difícil, más confuso, porque encuentro finales que se solapan con comienzos y empieces que no terminan. Y todo se vuelve difuso y me parece que aunque sepa en qué parte de la circunferencia me encuentro, aunque pueda dividirla en diez partes iguales, en realidad es irrelevante si sé que estoy en el segundo fragmento empezando por la izquierda. Porque aquí no hay izquierdas ni derechas, porque rota la circunferencia y en un instante el norte queda al este y el mundo patas arriba.
A veces también pienso en lo paradójica que es la vida. Me doy cuenta de que sólo cuando creo que ya no hay nada que hacer, cuando ya he perdido toda certeza, encuentro la auténtica liberación. Una vez que me dejan de importar las cosas me emancipo de mí misma y vuelvo a unirme con el mundo que me rodea. Y me vinculo a él de la manera más pura, para luego volver a mi propio cuerpo y verlo todo con ojos de recién nacido. Y sólo cuando he tocando fondo, cuando me he encontrado tan hundida en un océano salado que únicamente veía la luz que habían retenido mis retinas, cuando sólo veía las sombras proyectadas contra el suelo de arena y agua de las verdaderas cosas que acontecían en el mundo, entonces, y sólo entonces, me he dado impulso con las piernas, he llegado a la superficie y he tomado la mayor bocanada de aire de mi vida y me he aferrado a la claridad. Y aquí estoy, en algún lugar de mi círculo. Y he aprendido que no debo centrar todos mis esfuerzos en saber dónde estoy exactamente, sino que simplemente tengo que disfrutar de la luz y del viento y de la lluvia y del sonido de las gotas en los charcos y del olor a hierba mojada. Y si mañana mi norte cambia, yo cambiaré con él.
Y, pase lo que pase, sé que siempre podré contar con las piernas fuertes que heredé para que me impulsen si vuelvo a hundirme en lo profundo del mar.
Para I., por estar siempre a mi lado en el camino, cuando todo está seco y cuando el agua me llega al cuello.
Le escribo estas líneas al aire porque mis pensamientos son densos como la pintura, y necesito manchar un papel de tinta: agotarlos, diluirlos. Es un intento a ciegas para ver si se licuan un poco y permiten que se filtre algo de luz que haga las cosas más claras. Supongo que será infructuoso pero siempre será mejor, porque hasta el alba las agujas del reloj van a ser espadas, que cruzarme de brazos, sentarme y esperar.
¿Esperar? Esperar a que pase la noche, a que el aura invernal que se cuela por las rendijas de mi persiana deje de enfriar esta habitación y de apretar lazos.
¿Lazos? El que se ha formado en mi garganta y el que ha dibujado mi laringe un poco más abajo. Los que no dejan que el oxígeno limpie mis venas y me hacen rumiar palabras constantemente. Una y otra vez, una y otra vez, como el flujo incesante de las fuentes de un río. No quiero llamarte, no quiero escribirte, no quiero siquiera pensar en volver a verte…
¿No quiero? De nada sirve engañarse, claro que quiero. Y me gustaría no estar confundida y no llorar mientras escribo. Y me gustaría que tu recuerdo fuera en sepia, como en una película antigua, y que las heridas mal cicatrizadas dejaran de escocer. Y quisiera que todo fuera como al principio, y poder entregarte esta carta en mano y sonreír y tocar suavemente tus yemas con mis dedos. Y quisiera haber dicho muchas cosas que no dije y haberme callado otras que escupí. Pero si rebusco entre todos mis anhelos encuentro algo que me hubiera gustado que sucediese por encima de todo lo demás. Algo que haría un dique en mis pestañas y desataría los nudos de mi cuerpo: me gustaría que las cosas hubieran sido distintas, me gustaría no tener motivos para estar triste esta noche, me gustaría poder hablar contigo sinceramente de lo que pienso y de lo que siento. Todo esto es cierto.
Pero sobre todo me gustaría poder haberte comprendido como te merecías.
Siempre he dicho que si fuera actriz definitivamente mataría por (algunos de) los papeles que le dan a Helena Bonham Carter. Cosas que tiene una, que siente debilidad por personajes muy, muy sombríos, de esos en los que convergen tantos caminos y tan enmarañados que son prácticamente inescrutables. Cosas que dan que pensar...
Y es que siento una especial pasión por su Mrs. Lovett de Sweeney Todd y la Marla Singer de Fight Club ("Marla era como esa herida en el paladar que cicatrizaría si dejaras de tocarla con la punta de la lengua, pero simplemente no puedes"). Seguirá siendo siempre un placer contemplar la fascinante oscuridad de estos personajes.