
Y así días tras día, semana tras semana. Mes tras mes. Y si algo interrumpe su rutina matinal su ánimo se transforma y se vuelve huraño e inaccesible, un saco de huesos y gruñidos encorbatados.
Hoy abre la puerta de su apartamento mientras termina de hacerse el nudo de la corbata, y mientras sale de su portal aún perdura el olor a café y a pan tostado dentro de sus fosas nasales. Una vez más, un cable se enreda entre sus pies y le hace perder el equilibrio. Sonríe, turbado, mientras se recoloca la chaqueta y observa al padre metener algo en la mochila que su niño lleva en la espalda, mientras le insta a seguir caminando. Las ancianas han colocado unos abrigos espantosos sobre sus perros, de colores chillones, impermeables. Al fondo se oyen las voces de los estudiantes que se dirigen a su reclusión diaria.
“Un día normal” piensa, mientras ve el autobús detenido frente a la parada y trata de calcular mentalmente cuántos segundos faltarán para que cierre sus puertas.
De pronto la cara de ella se cruza en su camino, como un chaparrón que cae sin avisar, y le cala hasta los huesos. Lleva un abrigo de cuadros y el pelo recogido hacia atrás, y le observa sin sonreír, mas cortándole el paso. Por un instante, él se queda aturdido, pero luego retira su antebrazo de la mano de ella, pensando en el autobús que debe estar a punto de partir.
- ¿Qué quieres?- pregunta, con la mitad de su cuerpo dispuesta a salir corriendo.
Ella le mira, y sus ojos son tan profundos como la Fosa de las Marianas.
- Nada…hoy vengo sin prisa…- murmura.
La mitad huidiza de su cuerpo hace un último esfuerzo por correr hacia el autobús, pero éste se marcha sin él por primera vez en mucho tiempo. Él le dirige una mirada entre acusadora e íntimamente sorprendida. Ella aprieta su palma sobre su brazo.