-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Para verte.





Con la corbata a medio anudar y terminando de peinarse en el espejo del ascensor. Los primeros minutos de lucidez de sus mañanas son muy similares. Luego sale a la calle y la mayoría de los días o se tropieza con un cordón mal abrochado o con los casquetes de las obras que hay junto a su portal. Medio sonríe tímidamente (como si fuera la primera vez que los obreros le ven trastabillar) y continúa su marcha. De camino a la avenida se cruza todos los días con las mismas personas: un hombre que lleva de la mano a su hijo, una ejecutiva vestida de traje que parece convivir con las mismas prisas que él, un par de ancianas que pasean a sus caniches y un grupito de estudiantes ruidosos que hablan alegremente y en voz muy alta. Unos instantes después se encuentra a si mismo casi corriendo hacia la parada del autobús, y, justo en el momento en que éste está a punto de cerrar sus puertas y marcharse a través de las venas asfaltadas de la cuidad, consigue que las puertas no se cierren del todo y se cuela dentro.

Y así días tras día, semana tras semana. Mes tras mes. Y si algo interrumpe su rutina matinal su ánimo se transforma y se vuelve huraño e inaccesible, un saco de huesos y gruñidos encorbatados.

Hoy abre la puerta de su apartamento mientras termina de hacerse el nudo de la corbata, y mientras sale de su portal aún perdura el olor a café y a pan tostado dentro de sus fosas nasales. Una vez más, un cable se enreda entre sus pies y le hace perder el equilibrio. Sonríe, turbado, mientras se recoloca la chaqueta y observa al padre metener algo en la mochila que su niño lleva en la espalda, mientras le insta a seguir caminando. Las ancianas han colocado unos abrigos espantosos sobre sus perros, de colores chillones, impermeables. Al fondo se oyen las voces de los estudiantes que se dirigen a su reclusión diaria.

“Un día normal” piensa, mientras ve el autobús detenido frente a la parada y trata de calcular mentalmente cuántos segundos faltarán para que cierre sus puertas.

De pronto la cara de ella se cruza en su camino, como un chaparrón que cae sin avisar, y le cala hasta los huesos. Lleva un abrigo de cuadros y el pelo recogido hacia atrás, y le observa sin sonreír, mas cortándole el paso. Por un instante, él se queda aturdido, pero luego retira su antebrazo de la mano de ella, pensando en el autobús que debe estar a punto de partir.

- ¿Qué quieres?- pregunta, con la mitad de su cuerpo dispuesta a salir corriendo.

Ella le mira, y sus ojos son tan profundos como la Fosa de las Marianas.

- Nada…hoy vengo sin prisa…- murmura.

La mitad huidiza de su cuerpo hace un último esfuerzo por correr hacia el autobús, pero éste se marcha sin él por primera vez en mucho tiempo. Él le dirige una mirada entre acusadora e íntimamente sorprendida. Ella aprieta su palma sobre su brazo.

- Vengo para verte.

¡Basta ya!


No más palos, no más heridas en mi cuerpo.
Por cojones no se hacen las cosas,
yo entiendo por razones miles de ideas hermosas.
Pero no me rebajo, no nací para ser de un salvaje.
Pase lo que pase, mujer, nunca te rebajes.
Habeas Corpus, Nacida para ser de un salvaje.


Increíble. Pleno siglo XXI y más de cuarenta mujeres asesinadas sólo en España (e inimaginable y terriblemente doloroso el tratar de figurarse a cuánto ascenderá el número a lo largo de todo el planeta) por sus parejas. Y aún no ha terminado el año.
Vergonzoso: dice mucho de nuestra avanzada sociedad. Y yo me pregunto: ¿cuánto tiempo más tendremos que esperar para que se les recoloquen las neuronas a esa panda de energúmenos que pegan a sus mujeres? Me reitero: es sencillamente vergonzoso. E indignante.
Mientras tanto, que ellas sepan que tienen todo nuestro apoyo. No están solas en la lucha. Nuestra lucha.



Contra la falta de fe.

La rutina. De nuevo, las clases. Y el ir y venir de gente, de gritos, de empujones en el Metro y de aire denso en los pasillos. Hace más de tres semanas que mi verano terminó y lo hizo, afortunadamente, después del imperativo del calendario: incluso el tiempo se permite un poquito de rebelión en ocasiones.

Sin embargo es ahora cuando empiezo a tomar consciencia de que las cosas han vuelto a su orden natural, como un río que se sale del cauce durante los días estivales y que con la llegada del otoño vuelve a su viejo camino. De nuevo la rebelión, esta vez en la Naturaleza.

Y es precisamente la rebelión algo en lo que pienso a menudo. Porque “rebelión” es una palabra muy amplia y porque engloba cientos de significados. Es uno de esos términos que son como el agua, que carecen de forma definida y adquieren la que tenga su recipiente. O la que le demos en nuestra mente.

Y siempre hay algún escéptico (o alguien que dice ser crudamente realista) que sube un par de dedos la persiana y deja que alguna sombra se introduzca en nuestra habitación iluminada. Y dice cosas que se parecen a “como si una rebelión fuera a servir para algo”.

Yo, que trato de vacunarme contra la falta de fe, prefiero volver a bajar la persiana y seguir creyendo en ella. Llámenme ilusa, pero estoy segura de que en alguna de sus miles de acepciones se lleva a la práctica.

Carta a Isabel Coixet.



Maravillosa Coixet:
Gracias por haber hecho guión los sentimientos más profundos, los que se guardan y se esconden y son tan difíciles de trasladar a la luz (de esos que se quedan enganchados entre la consciencia y la inconsciencia, entre la moral y lo que nos avergüenza, entre el alma y el cuerpo). Gracias por transformar tantos llantos internos y silenciosos en ríos salados que recorren las mejillas. Gracias por cada una de tus películas, por hacer un poco más soportable la amargura y convertirla en algo trágicamente hermoso. Gracias, incluso, por la envidia que verdea mis mofletes cuando me doy cuenta de que tú escribes exactamente como a mí me gustaría y filmas como yo quisiera filmar: por ser todo en lo que yo anhelo convertirme alguna vez en esta vida. Gracias porque mi vida sin ti no sería la misma, por todas aquellas cosas que afortunadamente dejaste de callar y nos dijiste, por mostrarnos la vida secreta que esconden las palabras, por hablarnos de los que aman, de las eternas elegías que podemos cantar a nuestros seres queridos, de cómo suenan las luces de Tokio y, hace muchos, muchos años, por explicarnos que hay quien es demasiado viejo para morir joven.
Gracias, Coixet, por diálogos como este, robado, espero que con tu permiso, de La vida secreta de las palabras:
"Porque si decidiéramos irnos a algún lugar juntos me da miedo que un día… hoy no, quizás… quizás… quizás mañana tampoco… pero un día, de repente, puede que empiece a llorar y llorar y llore tanto que nada ni nadie pueda pararme y que las lagrimas llenen la habitación y que me falte el aire y que te arrastre conmigo y que nos ahoguemos los dos.
—Aprenderé a nadar, Hannah."

Tu sincera admiradora, y devota seguidora.
Lena.

Cicatrices.


Y que la nieve caiga, y que los años me arañen, y que se me llene la cara de arrugas. Porque las cicatrices son besos de la experiencia: cada una nos demuestra que hemos podido ser fuertes y seguir caminando a pesar de tenerlo todo en contra. Porque sin ellas no seríamos los que somos.
Y hemos de lucirlas orgullosos.


Fotografía: Julia Jackson, de Julia Margaret Cameron.
[Como dato, para añadir un poco de culturilla al blog, la retratada (que era sobrina de la fotógrafa) más tarde se convertiría en la madre de mi admirada Virginia Woolf. ¡El mundo es un pañuelo!].
Buenas noches :)

Otra realidad.

De repente abro los ojos y soy mucho más consciente de todo lo que me rodea: el olor a plástico y a algodón de azúcar, el aire denso y poco oxigenado, las prisas de la gente que corre de un lado a otro por el centro comercial. Me parece haber llegado allí sumida en un letargo suave, una especie de vigilia, un claroscuro entre el sueño y la consciencia. Alguien me empuja y es como si la tierra temblase. Me duele la cabeza y cada hueso de mi cuerpo parece pesar una tonelada.

Y de pronto siento que el tiempo comienza a pasar más lento, como si quisiera avanzar con el viento que sopla en un acantilado de frente: tal que si tratase de saltar al vacío. Y cada pestañeo de aquellos que me rodean dura una eternidad y el aire comienza a hacerse pesado.

Y poco a poco soy más consciente de mí misma, hasta que llega un punto en el que me he elevado sobre mi cabeza y estoy mirándome fijamente desde diez o quince metros de distancia, como si fuera una estrella colgada en el árbol de navidad que adorna la plaza de un pueblo.

Y por primera vez me veo tal y como soy. Y veo que soy caos, que soy inconstancia, que soy pequeña. Y me veo tambalear de pura inestabilidad y me veo neurótica y psicótica y muy perdida. Y por primera vez me doy cuenta de que debía haber cogido todas aquellas manos que una vez me fueron tendidas o haber manchado de lágrimas un par de hombros que en otro tiempo estuvieron dispuestos. Y veo lo que tendría que haber visto hace ya mucho tiempo y todo lo que no captaron mis ojos cuando estaban tapados por las manos del orgullo: que soy vulnerable, que soy una imbécil, que estoy desfallecida.

Que soy humana.

Vuelvo bajar al nivel del suelo, a entrar en mi cuerpo, y las cosas parecen haber cambiado totalmente. Es como ver el mundo desde otra cara del prisma. Sacudo la cabeza para ordenarme las ideas y pienso cuál es el modo más rápido para llegar a casa.

Tomo una buena bocanada de aire: sé que me va a hacer falta. Hoy va a ser un día muy largo.

"Garden State", de Zach Braff.


- Tengo epilepsia
- ¿Y qué tiene eso de divertido?
- He tenido un ataque en el bufete donde trabajo y dicen que el seguro no me cubre a menos que lleve una protección preventiva.
- ¿Qué es una proteccion preventiva?
- El casco que llevaba. ¡Oh, venga... tiene gracia! Soy la única persona que lleva casco en el trabajo y no tiene que apagar incendios ni pilotar un coche de carreras. ¿Qué voy a hacer? No puedo negarme. El seguro es una pasta. ¿Qué puedo hacer? Pues reírme. Yo no digo que no llore nunca, pero mientras tanto, me río. Es ridículo tomarse las cosas tan en serio. Ademas llorar viene bien, te deja como nueva.


Garden State es una película escrita, dirigida y protagonizada por Zach Braff. Advierto para quien haya sentido curiosidad por ella que no narra una historia épica, ni sus personajes son héroes, ni tiene un final apoteósico. Pero es muy fácil sentirse identificado con el sentimiento de nostalgia que destilan sus protagonistas por cada uno de sus poros, con ese nosequé que tenemos las personas normales con vidas corrientes que hace que escribir sobre nosotros sea maravilloso. Por eso Garden State (olvídense del horrible título español, Algo en común, hagan como que nunca ha existido) es una película maravillosa. Sencillamente maravillosa.

Lugares comunes.


Todo fue bien al principio, cuando cada palabra abría una ventana hacia un mundo nuevo y todo lugar que visitaban era un pedacito de Tierra sin estrenar.

No supieron si fue él, si ella se dejó llevar por la comodidad o si ambos pensaron que los geranios crecen sin necesidad de agua y viento. El caso es que hundieron bien profundo sus raíces en macetas diferentes y cuando quisieron darse cuenta eran demasiado perezosos, y a veces demasiado orgullosos, para compartir el tiesto propio o mudarse al ajeno.

De repente, los lugares comunes se volvieron lo común en sus conversaciones y las aceras de cada sitio que visitaban estaban desgastadas y llenas de manchas y huellas. Y ellos en medio de una cuidad contaminada sin más abrigo que la propia piel, tratando de ocultar los escalofríos que les causaba la galerna.

Fueron soberbios en ocasiones, estúpidos en exceso y permanentemente descuidados.

Y ahora que ya no se ven a veces añoran aquellos andenes desgastados, y suelen volver a los lugares comunes donde se adormilaron demasiado, hasta que la pereza les pudo y arrancó sus ganas de buscar lugares inusuales.

Un poco de tranquilidad.

Aún recuerdo nuestra última discusión. Fue el octubre pasado. O quizá en noviembre. No sé, en realidad no es relevante. Fue uno de esos días en que no teníamos ni objetivos ni anhelos comunes. Él se puso a gritar y yo sólo quería silencio. Al final, decidí contestarle, a ver si terminaba de enfadarse del todo y guardaba su voz cerca de la boca del estómago.
- ¡No me escuchas!
- ¡Claro que sí! Con ese tono de voz, es imposible no oírte.
- ¡Hazme caso de una vez! ¡Sólo me ignoras para cabrearme!
- ¡Oh, sí, querido! Es mi objetivo vital: cabrearte. Cada mañana me pongo la meta un poco más lejos. Hoy parece que voy a alcanzarla.
- ¡Odio cuando te pones sarcástica!
- Y yo detesto que tu madurez cumpla años los bisiestos.
Abrió la boca, retuvo la respiración en sus pulmones un instante y apretó los puños, pero no dijo nada. Se dio media vuelta y se encerró en el salón tras un portazo que retumbó por toda la casa.
Yo cogí de nuevo el periódico y seguí leyendo.
Hay días en que hago lo que sea por media hora de tranquilidad. Menos mal que no es rencoroso.

Como un lienzo de Monet.



Ayer por la tarde decidí quedarme en casa. Sorprendentemente, no tenía ganas de salir. Y digo que fue algo extraño porque por determinados motivos, demasiados como para explicarlos y no divagar sobre mil cien aspectos distintos de mi vida, soy una especie de gata callejera: siempre en contacto con el asfalto, siempre por los tejados.

Ayer quería escribir pero ninguna musa susurró palabras en mi oído, así que a los pocos minutos de mi mente fluía un torrente de pensamientos que se iban perdiendo por las azoteas de la ciudad, agitados como las hojas de los árboles que mecía el viento frente a mi ventana. Y era una corriente tan densa y tan profunda que casi podría haberse tocado con la punta de los dedos, como una brisa que pudiera teñirse de escarlata si atravesara un campo de azafrán.

Y, sin haberme dado casi cuenta, el cielo se había manchado de naranja y amarillo y rosa y melocotón. El cielo de la metrópoli, habitualmente gris o de un azul llano y demasiado artificial, era de repente un cuadro de Monet. Y yo no podía dejar de pensar en lo profundamente hermosa que estaba mi ciudad aquella tarde, y más que nunca eché de menos unas manos ágiles que supieran pintar el momento sobre un lienzo.

Y, muy en el fondo, sabía que los colores que se fundían, entrelazaban y confundían en el cielo eran producto de la contaminación que puebla el aire y las calles. Y más en el fondo aún agradecí aquella contaminación.: sólo por un momento, sólo en lo más profundo y sólo lo reconoceré por esta vez, íntimamente, ahora que nadie nos oye.

Y pensé en todas aquellas cosas que nos dañan pero que a la vez son tan hermosas que cortan la respiración y anudan el estómago. Como el amor, como una canción desesperada, como un millón lágrimas corriendo por las mejillas hasta caer al suelo y perderse por las alcantarillas.

Y tuve miedo, mucho miedo, de olvidar pronto ese momento en que me había olvidado de todo lo demás y sólo estaba concentrada en aquel lienzo impresionista. Un momento de abstracción, de tranquilidad, con la mente en blanco llena de naranja y amarillo y rosa y melocotón.

No sé pintar, es cierto, nunca podré competir con Monet. Pero tengo una cámara de fotos. Y esto fue lo que captó.

"Nocturno II", de Eugenio Florit.


Porque te miro y no sé de qué esquina del cielo me llegan las palomas,

se adormece la luz y se hunde el recuerdo más allá de la arena donde duermen los barcos asfixiados;

y si alza palabras de tu boca el ensueño distante

es como si la lluvia me cayese en un fondo amarillo de soledades muertas.

Con aquel palpitar de mariposas encendidas de ocaso

me suben desde el fondo del sueño tus manos con una esencia de violetas de nieve;

(...)

Porque estaba desnudo el cielo y sorda la pulsación de las orillas

cuando me sentí como un niño, solo en la mitad de la selva caliente;

y si echaba a rodar mi grito fuera de lágrimas y miedos

lo veía tornar a mí, rotas las alas, a hundir el pico en mi garganta.

Fuerza, fuerza para responder a cada luz con un gusano pequeñito;

fuerza también la que me obliga a verte con un suspiro exangüe entre las manos;

y más fuerza para decir que las estrellas están aún vivas,

cuando se sabe que ya no hay otra cosa que esperar más que la muerte de los árboles.

(...)

Por el camino caminar sin ver qué nubes cantan la ausencia de luz;

porque hasta ayer nada más tenía el mundo un destino de morir en tus ojos,

y toda la blancura de los cisnes se ha puesto a arder estremecida

con esa triste claridad que llega al cielo

cuando aún no se pintaron de azul las vestiduras de los ángeles.

Todo este sueño que está volando ciego

no sabe cuándo se aquietarán las aguas que llegan a buscar los caracoles desmarados.

Y aún más: como me duelen tanto las espinas del alba,

se echa a cantar tu vida lejos de mí para que se alimenten mis oídos con el recuerdo de tus senos.

Pero no quiero saber la propia fiesta de canciones desnudas;

no, no quiero tu engaño desde el mar ni la compasión de tantas azucenas

cuando estoy aquí solo, con el olvido de las lágrimas,

hundido tu recuerdo entre las manos para sembrarlo lejos de mí, por las auroras infinitas.




Eugenio Florit fue un poeta cubano nacido en Madrid en 1903. Nueva York fue el escenario de casi todo su trabajo como ensayista, crítico literario y traductor. Recibió en 1994 el premio Fray Luis de León, de la Universidad de Pontificia de Salamanca y el Premio Mitre, concedido por The Hispanic Society of America, en Nueva York. En 1991, 1994 y 1995 fue uno de los tres candidatos presentados para el Premio Cervantes de ese año por la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Falleció en Nueva York en el año 2000.


Fotografía: Alberto García-Alix.


Hacía mucho tiempo que un poema no me producía tantas sensaciones tan fuertes a la vez. Espero que lo disfrutéis tanto como yo, porque es sencillamente maravilloso. :)

El auténtico escritor.

Y he decidido que voy a ser escritor. Nada de abogado, como espera todo el mundo, ni de político o especialista en relaciones internacionales. Ni siquiera periodista, que fue lo que me recomendó mi papá el día en que encontró una pila de folios llenos de borrones y letras ensortijadas entre los apuntes de Historia. Quiero ser escritor porque he descubierto que es la única profesión en la que ser infeliz supone un aliciente. Porque para ser un buen escritor hace falta ser infeliz. Es casi un requisito imprescindible. Y si no que se lo pregunten a Hemingway, o a Virginia Wolf, o a Capote. Mentes agonizantes, almas moribundas. Grandes obras maestras sacadas de la miseria humana.

Y es que una persona alegre no es capaz de desarrollar una carrera fructífera, Quizá pueda hacer un par de buenas obras, tres a lo sumo, que hablen de lo bella que es la vida y lo bien que se está cuando uno es feliz. Pero no más. Siempre llega el momento clave en la historia de un escritor feliz: o bien se interna en alguno de los interminables jardines estivales que recorren su maravillosa imaginación para no volver nunca más, o descubre que las flores silvestres que cubrían los extensos prados de sus novelas le dan tanta alergia que prefiere cambiarlas por un martillo y una hoz.

Y adiós alegría. Bienvenida lucha obrera.

Y, ¿saben que es lo más triste? Que en el fondo los grandes escritos de la humanidad están plagados de cinismo. Es imposible encontrar en ellos otra cosa que no sean protestas, ni lágrimas por un amor dañino, ni blasfemias continuas contra la vida o los dioses que le dieron forma humana. Y estoy convencido de que todos estos autores rechazarían cualquier tipo de oferta que les prometiese pasar el resto de sus días sumidos en una felicidad tan intensa que retuviera sus palabras a mitad de camino entre la mente y los dedos.

Y el que acepte un vale por una existencia ufana, es que en su interior no es un auténtico escritor. Un escritor agradece la desdicha porque nutre su cerebro de ideas. Es así de duro, pero no hay nada más cierto.

Y ahora llega la pregunta.

- Y tú, que mucho hablas de la espiga ajena y muy poco de tu propio pajar, ¿eres feliz siendo infeliz?

La respuesta es corta y sencilla. Y tajante, ante todo tajante.

- Sí.

- ¿Y por qué?

- Eso ya son dos preguntas.

- ¿No encuentras respuesta?

- Y una tercera.

-¿No me vas a responder?

- Porque hay que hacerse a las situaciones. Y si uno es infeliz y demasiado vago para remediarlo, o infeliz y demasiado desafortunado para cambiar su vida, entonces es mejor adecuarse a este estado. Así que sí. Soy feliz siendo infeliz, porque eso me aventaja ante otros muchos aspirantes a escritores que viven vidas fabulosas. Y espero que mis papás me pongan muchos problemas por querer dedicarme a las letras, porque inconscientemente me estarán regalando el éxito.



(Que conste que no comparto las opiniones aquí vertidas, sólo es una pequeña reflexión que me apetecía subir ;) )

Sin necesidad de palabras.


Mujer embarazada, de Alberto García-Alix.

Merece la pena un recorrido por su obra.
Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.