-Me has conocido en un momento extraño de mi vida.
"A todas ellas van también dedicadas estas páginas, con el extraño y alentador afecto que sólo es posible mantener entre personas que no llegan a conocerse nunca".

Soledad Puértolas, en el prólogo de Una enfermedad moral.

Oxígeno.

Podemos dejar que la vida nos pueda y nos ahogue con su aire cargado de veneno, o bien podemos tratar de buscar el momento exacto en el que se despiste y nos deje, por un sólo instante, asomar la cabeza allá donde haya aire puro.
Y tomar una bocanada de aire.
Hay quien elige morir rápido, inspirar hondamente cuando el aire está más viciado y sumergirse eternamente en un coma profundo. Hay quien decide morir de forma más lenta, convenciéndose de que cuando llegue el momento idóneo tendrá valor y respirará luz. Pero el momento llega siempre en un instante inadecuado, cuando más incapaz se siente de tornar sus tripas corazón. Finalmente, los hay que buscan una salida de forma desesperada: hay quien encuentra un portal entre las páginas de un libro.
Yo prefiero encontrar oxígeno puro buceando en alguna mirada.

Mi viaje y "Martín (Hache)".



La carretera, sacos de dormir, el cielo despejado y la música muy alta. Y ellos. Sé que siempre hay miles de motivos por los que quejarse, razones que ralentizan nuestros pasos y nos hacen dar traspiés. Pero también sé lo afortunada que soy por compartir aire con todas estas personas con mayúsculas que me acompañan en el camino.
Definitivamente, gracias a todos por gritar conmigo.




"Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes".
Martín (Hache), de Adolfo Aristarain. Guión de Adolfo Aristarain & Kathy Saavedra. :)

Lo que somos.

A veces nos dejamos llevar y olvidamos que otros nos están mirando. A veces escribimos sin pensar, sólo trazando sobre el papel una sucesión de letras que si se piensan detenidamente puede que ni siquiera tengan sentido. A veces cantamos bajito sin darnos cuenta. Otras veces simplemente la garganta da voz a un pensamiento que ha cruzado nuestra mente como una estrella fugaz, y casi siempre las palabras que articulamos son las más inadecuadas para la situación presente.
Pero es entonces, y sólo entonces, cuando atisbamos a ver qué es lo que en realidad somos.

Arritmia (2).

Le veo a lo lejos y mi corazón empieza a latir, desbocado. Se va acercando hacia mí, así como una cerilla encendida en medio de las tinieblas de un pasillo sin ventanas. Y ya tengo palpitaciones, y la sangre corre más espesa por las autovías azuladas de mi cuerpo. Sigue caminando, llenando de calor el aire que respiro. Podría oír cómo expulsa viento a través de boca entreabierta si mis latidos no fueran cañonazos que retumban dentro de mí.

Me toca. Siento que me desvanezco. Un instante después soy consciente de cada mota de polvo flotando a mi alrededor: él agudiza mis sentidos, doma mi distracción, y centra mi atención en él y en todo al mismo tiempo.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, nunca conseguirá amansar la arritmia que me produce el sólo sentirle cerca.

Arritmia (1).

Soy la persona más arrítmica que conozco y, aunque de pequeña soñase con ser una especie de Aretha Franklin pálida, la verdad es que siempre lo he sabido. Soy de ese tipo de personas que destrozan cualquier canción que tratan de entonar, aunque incluso la interpretación se reduzca a un simple tarareo. Sencillamente, es que no sé cantar.

¿Recuerdan a la Holly Golightly de Hepburn cantando como un jilguero en la ventana mientras Paul Varjak la observa extasiado desde su ventana? Bien, ese es justo el tipo de escena que jamás se repetirá conmigo. Soy más el tipo de neurótica que tan bien abandera Woody Allen con sus palabras trabadas y una corriente de frases que arrollan todo lo que pillan a su paso; algo así como si alguien hubiese abierto de repente las compuertas de un pantano y el agua estancada durante décadas fluyera, furiosa, a través de un cauce lleno de arbustos secos.

Ya no sueño con ser una diva del soul. Ahora, que soy una persona madura y consciente de sus limitaciones, he asumido que la música y yo nunca vamos a ser buenas amigas. Ahora sueño con escribir, o con ser una gran guionista, o con tener una pequeña tienda de libros de segunda mano. He custodiado las ganas de verme en mitad de un enorme estadio cantando ante un público entregado entre mis exorbitantes sueños de niña pequeña. Bien guardadito bajo llave en un baúl en el rincón más recóndito de mi mente. ¡Vaya estupidez eso de querer ser cantante! ¡Qué curiosos y extravagantes los sueños de cría ingenua!

Eso sí, si la vida afortunada me conduce de nuevo a Nueva York quizá pruebe a desayunar croissants delante de Tiffany’s. Puede que así me llegue la cura de la afonía.

Ella.

Ella era una de esas personas en las que quizá ni siquiera repararías. No era ni muy alta ni demasiado pequeña, ni rubia ni morena, ni especialmente elocuente o con unas facciones con personalidad. Simplemente, pasaba desapercibida entre el montón de gente que a diario la rodeaba, confundiéndose entre ellos como se confunden en el aire las plumas de una almohada que se parte por la mitad.

Cuando coincidimos en aquella recepción no me fijé especialmente en ella. En aquel lugar había demasiadas personas con vestidos escandalosamente llamativos y voces medio roncas, personas de esas que hablan arrastrando las palabras hasta que parece que se pierden en un murmullo. Yo nadaba entre el oro de los collares y del champán y los tonos profundos de aquellas voces de contralto.

Ella estaba en una esquina del salón, envuelta en un manto de silencio relativo y con una copa de vino tinto en la mano. Me acerqué porque quería un canapé de la mesa que se alzaba, suntuosa y presumida, a su lado. Sin querer pisé su pie descalzo- debía de haberse cansado de los tacones, que descansaban desabrochados en el suelo. Le pedí perdón y ella enrojeció. Me dijo que no le había hecho daño y que la culpa era suya por desprenderse de sus zapatos dónde no debía.

Me gustó desde el principio el tono dulce de su voz y que sus palabras terminasen justo donde debían. Decidí quedarme un poco más junto a ella. Porque me daba pena que estuviera en una esquina sin zapatos y con una copa casi vacía en la mano. Por no dejarla sola. Porque en el fondo sentía curiosidad.

Empezamos a hablar y las horas volaron como pájaros emigrando hacia el amanecer. Las dos empezamos a construir un muro con ladrillos de cristal, a inflar la pompa de jabón en la que nos sumergimos toda la noche. Jamás me he alegrado tanto de haberme aislado en una fiesta.

Ella sigue siendo una de esas personas en las que quizá ni siquiera repararías. Yo tuve la suerte de pisar su pie descalzo y conocer su inteligencia feroz y todo lo que tenía que decirle al mundo.

Nunca he sido más feliz por haber desconectado en una fiesta: si no hubiera sido así, nunca habría conocido a la que hoy es mi mejor amiga.

"El sueño de una noche de verano", de William Shakespeare.

DEMETRIO. Huiré de ti y me esconderé en los matorrales y te dejaré a merced de las bestias salvajes.
HELENA. Las más salvajes no tienen un corazón como el tuyo. Corre cuando quieras, la historia se cambiará, Apolo huye y Dafne dirige la caza, la paloma persigue al grifo, la cervatilla dulce acelera para cazar al tigre: inútil velocidad, cuando la cobardía nos persigue y el valor nos abandona.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.



Como hoy no ha sido un buen día puedo tomarlo de excusa para citar a Neruda en su poema número 20. Puedo decir que puedo escribir los versos más tristes esta noche. Puedo.
Las horas han pasado lentas, casi como si quisieran que por una vez reparásemos en ella y nos fijáramos en el trazo invisible que dejan en el aire cuando corren a nuestro alrededor. Puedo decir que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Puedo.

Puedo decir, por ejemplo, “la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos”. Pero el cielo está encapotado y tan sólo brillan las farolas con la luz firme de un lucero artificial, sin un solo titubeo. Puedo.

Puedo explicar que mis gritos han congelado las hojas aún secas a medias y de color amarillento que arrastra el viento otoñal en corrientes giratorias. Puedo decir que mi voz buscaba el viento para tocar su oído. Puedo…

Verdaderamente, puedo escribir los versos más tristes esta noche. Puedo. Mas no creo que ayudasen a un mañana despejado.

Desgraciadamente, una historia que no ha salido de mi imaginación.


Ayer caminaba por la Gran Vía sintiéndome una pequeña gota de agua empujada por otras cientos de miles a través del cauce que desemboca en la espina dorsal madrileña (ese río que algunos conocen como Paseo de la Castellana). Pero el destino, o esos pequeños impulsos claustrofóbicos que me asaltan cuando me doy un baño de multitudes, quiso que me desviara del camino. Tomé otro lecho, uno que recorre, en ocasiones serpenteante, toda la calle Montera para desembocar en una pequeña plaza henchida de gente y rematada con un reloj de esfera redonda y agujas afiladas cuyas campanadas se oyen a cientos de kilómetros a la redonda el día de Fin de Año.

Decenas de mujeres se apoyan en las paredes de los cines o sobre los escaparates de las tiendas. Lucen sus piernas semidesnudas y la promesa de un pecho firme tras una camiseta roja de lycra. Algunas son casi adolescentes, a otras les sobra el adverbio. Y yo, que tengo diecinueve, de repente me siento terriblemente afortunada.

Sigo bajando la calle, tal que una mota de polvo arrastrada a través de una catarata. Observo como se acerca un ejecutivo a una de ellas, que está descansando sus pies desnudos sobre los adoquines. A su lado, unas botas con enormes plataformas se recuestan, como si estuvieran tan extenuadas como su dueña, sobre las escaleras de una sala de proyecciones cerrada. El ejecutivo es alto, robusto, y viste un traje precioso de un azul marino intenso. En su dedo reluce un anillo de oro que probablemente colocara la que se estaba convirtiendo en su esposa hace más de tres décadas. Es probable que doble en edad a la prostituta.

Él simplemente le espeta un “¡levanta!”. Ella obedece.

Veo una Venus sumisa, una diosa azabache que agacha la cabeza, se pone las botas y se estira la poca tela de su minifalda, casi pudorosa. Observo al ejecutivo hacerle un gesto con la cabeza, como si ella fuera un perrillo, y seguirla a través de las demás partículas de polvo que bajamos hacia el reloj de las Campanadas. De vez en cuando, y bajito, la obsequia con algún dulce insulto. Y a mí, que voy detrás, me hierve la sangre y se me colman de agua los ojos.

Pero soy una cobarde, y no digo ni hago nada.

Poco tiempo más tarde, la diosa y su cliente se pierden entre la multitud, y yo entro en el Metro camino de mi barrio.

Tenemos casi la misma edad, y mientras yo me voy a mi casa, rodeada de mis libros, mis sábanas limpias, el olor a comida caliente y la perspectiva de un futuro prometedor ante mis ojos, ella tiene que venderse por unos pocos euros a un hombre que la trata como un animal.

Y de su futuro, mejor no hablemos. Es mejor que no pensemos en ello para que nuestra conciencia permanezca en un silencio que es aplacador para nosotros, mas realmente no es otra cosa que un síntoma de que algo huele a podrido en nuestras almas.

Hacia él no siento más que desprecio. Y lástima. Mucha lástima, por creer que un traje azulón de Armani y un trabajo que está socialmente bien visto le hace superior a ella; y por no saber que además de puta ella es persona y mujer, y que por esas tres cosas debe respetarla.

A ti te pido perdón, adolescente de ébano, diosa escondida, por haber estado callada ante la injusticia que contra ti se cometía.

En lo que a mi respecta, sólo siento vergüenza.

Lo siento, lo siento de veras.







"Princesas", de Fernando León de Aranoa. Imprescindible.

"Plegarias atendidas", de Truman Capote.

Consérvalo como un recuerdo de que ser duradero y perfecto, ser de hecho un adulto, es ser un objeto, un altar, una figura en una vidriera de colores: una cosa apreciable. Sin embargo, es mucho mejor estornudar y sentirse humano.

La libertad.

A todos nos encanta hablar de la libertad. Decir que somos fugitivos, que nada nos ata y que ni siquiera dependemos de un viento favorable que empuje nuestras velas, porque cuando es necesario sacamos los remos y tiramos de energía acumulada pensando en un “por si acaso”. Hablamos de cómo corrimos aquella vez bajo la lluvia, sin preocuparnos del resfriado; de que no nos importa nada lo que los demás comenten sobre nuestra vida; de cuántas veces habremos dejado boquiabiertos a quienes esperaban oír unas frases por nuestros labios que finalmente resultaron totalmente distintas.

Amamos hablar de la libertad, nuestra mayor posesión, el mejor de los derechos.

Mas nunca hablamos de los grilletes invisibles que nos apresan, pero que sentimos bien aferrados a nuestros tobillos. Nos duele hacerlo, queremos que el placer que nos aporta la libertad sea puro, sin ninguna mancha. Sin un solo “pero”. Muchas veces nos sentimos maniatados por cuerdas que nadie más percibe, como si el aire crease los barrotes de una celda a nuestro alrededor, y nuestros castillos de piedra resultan estar compuestos de naipes y se vienen abajo con la más mínima brisa de poniente.

A veces debemos quedarnos, renunciar a nuestra libertad, ser un poco más esclavos para sentirnos algo menos egoístas. A veces compromisos absurdos cortan nuestras alas o grandes problemas nos retienen donde no nos queremos quedar.

Y es entonces cuando debemos decidir qué es lo que nos compensa, cuando debemos meditar quedamente. Y la decisión es dura, y siempre duele. Porque toda decisión implica una renuncia.

Y, si decidimos marcharnos, a veces debemos dejarnos las uñas tratando de abrir el candado que cierra una ventana tras la cual vemos un camino eterno, y a veces nos llenamos las manos de astillas golpeando una puerta cerrada de par en par. Y cuando esa puerta se abre, o cuando rompemos el cristal de la ventana, ni nuestras uñas astilladas ni toda la sangre que mancha nuestra ropa nos parecen grandes males.

Porque somos libres. Y en ocasiones nuestra libertad nos ha costado la mano que estaba rodeada por una esposa y que hemos tenido que cortar. Pero, a pesar de las palpitaciones y los pinchazos y el escozor que sentimos por todo el brazo, somos libres.

Porque la libertad supone también una renuncia. Y, como todas las renuncias, duele.

Sólo respirando.

Y tú, quieta, sólo respirando. Los ojos cerrados, las plamas abiertas en tus costados, tu piel empapada por la lluvia que cae, torrencial, sobre tu cuerpo parado. Y poco a poco el miedo, que se escurre entre tus dedos, te va abandonando. Y desalojas de tu mente todo pensamiento doloroso. Y te centras en respirar, en sentir las gotas de lluvia golpeándote los hombros como agujas afiladas.
Maravillosa acupuntura, que cura todos los males.
Estás viva, y por primera vez en mucho tiempo lo sientes hasta en el tuétano de tus huesos. Y te das cuenta que de darías todo lo que tienes por prolongar eternamente ese momento, por quedarte para siempre así, quieta, sólo respirando.

Por el fregadero.

Escucha el monótono tic-tac del reloj retumbando en sus oídos, desgarrándole los tímpanos como si fuera el sonido de mil espadas iracundas chocando entre sí. Ruido metálico, carente de cualquier tipo de piedad y plagado de dolor, frío. Frío como la tarde de invierno que se desliza a través de sus dedos, llenando de grietas blanquecinas el contorno de sus nudillos, y entre los granos del reloj de arena que imagina en su mesilla. Frío como los besos que lleva regalando tantos meses y que dejaron de nacer de su estómago. Tan gélido como la mano que aprieta su corazón y convierte cada latido en una lenta agonía, como las lágrimas que recorren sus mejillas y cavan profundos surcos a lo largo de su rostro. Siente sus extremidades totalmente dormidas (parece que hibernan) y un vaho que a punto está de convertirse en hielo sale de su boca cuando expira. Y cada vez que vacía sus pulmones se pregunta si será la última y se asusta al pensar que algo dentro de ella desea que así sea.

Tiene que hacerlo.

Se esconde bajo el edredón huyendo del aire cargado de humo y recuerdos para no ver el cenicero rebosante de colillas consumidas hasta el filtro que descansa sobre la moqueta. Allí debajo, respira, y casi el consuelo relaja sus músculos al notar que el viento que emana de su boca se siente algo cálido sobre sus piernas. Es una percepción tan leve que ni siquiera sabe si es real o sólo fruto de su ansias desesperadas por encontrar un vestigio de calor en el invierno de su dormitorio. Cierra los ojos como si ante si tuviese un espectáculo aterrador y nota unas manos enredándose entre los mechones de su pelo, dañándola con leves tirones que, sin ser adrede, lo parecen. Aprieta aún más los párpados y llega aquel olor como una corriente sin fin de aire envenenado girando en espiral alrededor de su cabeza. Y la percibe cada vez más densa, más negra y más asfixiante, tanto que no le permite ver todo cuanto está frente a ella, ni tampoco girar los iris hacia dentro, como hacía cuando era pequeña y quería ver ranas en lugar de botellas de ron y una hermosa princesa-su madre- besándolas justo en los labios. Como cuando imaginó, ya no tan pequeña, a su madre como Blancanieves tendida en un lecho de flores esperando a su príncipe azul, justo unos instantes antes de que exhalara su último aliento y muriera de cirrosis es ese hospital esterilizado de bacterias y sentimientos. Junta tan fuerte las pestañas que sólo consigue ver las facciones leves de él entre puntos de luz sobre fondo negro.

Ha de hacerlo.

Abre con fuerza los ojos. Se incorpora y le duelen las pupilas, mientras una gota resbala por su mentón y cae sobre su palma extendida. Agacha la cabeza y ve que no tiene color, aunque en el fondo sabe que es de un rojo intenso.

Ahora sus pies rozan el suelo del dormitorio, y las sábanas de seda se tornan esparto. Se alza y siente que el peso del oxígeno que todo lo invade es demasiado sobre su cuerpo. Se dobla hacia delante, abrazándose el estómago. Consigue que su cuello, agotado, eleve su rostro hacia el frente y, entre la luz que se cuela por las rendijas de la persiana, percibe su reflejo en el espejo que descansa junto a uno de los armarios que entreabren sus puertas a una efímera vía de escape.

Pero ella ha decidido que no quiere esconderse más.

Sale al pasillo mientras el cuco anuncia las cinco y media, y la calma momentánea que se había apoderado de su cuerpo se desvanece como la escarcha bajo los rayos del alba. Pero la intención perdura e intenta ignorar la presión de la palma de la mano de él que entorpece el empuje de su sangre.

Nada va a echarla atrás.

Escucha un golpe débil en la ventana y se acerca a ella rezando porque la cuidad no haya desaparecido y se sigan viendo la alameda y los columpios a través de sus cristales. Y bajo una copiosa manta de lluvia observa a los niños correr para refugiarse en los soportales.

Algo parecido al alivio desentumece un poco sus venas, porque tiene frente a si un enorme mundo para huir. Ir allá donde él y sus gestos y su voz no puedan seguirla.

Ha oído a muchos decir que salir corriendo es otra forma de esconderse, pero ella se promete que una vez inicie la carrera no se detendrá jamás. Toda su vida se ha ocultado en lugares estrechos y asfixiantes. Eso es lo que sabe de cerrar los ojos ante la realidad. Y sentir justo lo contrario significará (aunque falsamente, pero eso a ella no le importa) una libertad tan pura y tangible que le perecerá estar viviendo un sueño.

Y esa promesa de libertad eterna le da fuerzas para decir lo que lleva tanto tiempo anhelando expresar.

Él está a punto de llegar. Lo sabe porque siempre lo hace cuando algunos minutos se han marchado para siempre tras el canto del reloj. Tiene sed. Su garganta arde como pedazos de leña en un horno recién encendido, así que se encamina a la cocina tratando de recordar el momento justo en el que el amor fue suplantado por aquel sentimiento tan terrible en ocasiones que es el cariño. No es capaz de recordarlo, porque puede que no fuera cosa de un momento, como sí lo es el instante que lleva arrebatar la vida de otro apretando un gatillo metálico. Lo que sabe con certeza es el odio que destila hacia esa sensación que no mata pero tampoco da vida, que no calienta pero no hace perecer de frío aunque amenaza constantemente con ello, que sin llamarse dolor puede prender una cascada infinita de los párpados de cualquiera. Un agudo pinchazo le saca de sus cavilaciones y, agachándose, se arranca del pié el broche que acechaba en el suelo desde que lo había arrojado contra la pared un par de horas antes, cuando había visto en el fondo de un joyero su resplandor suave y moribundo. Y recuerda el día en que él había colocado la preciosa joya sobre el ojal de su chaqueta. Y se da cuenta de que las cosas de este mundo mutan en relación al tiempo percibido por los seres que las miran, y no por los instantes reales que cubren de polvo de experiencia cada uno de sus átomos. Cómo la misma luz puede parecer cegadoramente bella o a punto de fenecer dependiendo del momento en que sea captada por las retinas de quien ante ella se encuentra. El mismo número de segundos, distintas apreciaciones.

Obvia el escozor y entra en la cocina, dejando a cada paso una fina estela rojiza sobre las baldosas blancas. Y escucha el ruido del pestillo y un paraguas sacudiéndose, y el golpe seco de la puerta al cerrase, que reverbera en su cabeza como si esta estuviese horriblemente hueca. Pero ella no se detiene y coge un vaso de la encimera. Siente sus pasos que se acercan y su olor que invade cada recodo de la estancia. Pero aunque sus dedos tiemblan como espigas de trigo bajo el viento del Oeste abre el grifo y deja correr el agua unos instantes. Luego, otro par de pasos y la leve presión de las manos de él rodeando su cintura. Y contiene una lágrima porque le daña de la misma manera que el abrazo desesperado que se había dado minutos antes en su dormitorio, cuando la bóveda celeste amenazaba con caerse sobre su cabeza. Llena el vaso tratando de recordar el momento justo en el que el amor fue suplantado por aquel sentimiento tan terrible en ocasiones que es el cariño. No es capaz de recordarlo, porque puede que no fuera cosa de un momento, como sí lo es el instante que lleva arrebatar la vida de otro apretando un gatillo metálico. O diciendo un par de palabras. Algo se estremece en su interior, y le duele tanto que casi le corta la respiración. Cierra el grifo y con la mano que no agarra el vaso de cristal aprieta el brazo de él, mientras ve cómo el valor se va con el agua por el fregadero.

Jedes herz ist eine revolutionäre zelle



Die fetten jahre sind vorbei. Necesaria. Estupenda. Una de mis favoritas.

Nunca me ha gustado saber con antelación qué va a pasar en una película. Por eso no diré nada del argumento de Los edukadores.
Simplemente hay que verla, pensarla, disfrutarla y repensarla al finalizar. Aprendí y comprendí tantas cosas con ella...

"Cada corazón es una célula revolucionaria". Aunque muy pocas veces nos demos cuenta.

Minutos de luz

Los tres minutos que ha durado aquella canción esta mañana. El Sol centelleando sobre las Torres Kio menos de cinco segundos para luego caer hacia el horizonte. La media hora con Kerouac. Dos segundos de su sonrisa.

Estaría completamente perdida sin unos minutos de luz cada día.

Biografía.

Por fin me decido a abrir la puerta, tras años de cavilación, y a poner mis pies sobre los adoquines del paseo. Resuenan fuera mis pasos y cañonazos en mi interior. Empiezo a caminar y al principio me cuesta. Piso mis propios cordones y pierdo el equilibrio, piso zapatos ajenos y de vez en cuando recibo un empujón. Pero soy de mármol y resisto, caigo y me vuelvo a levantar. Camino hacia delante porque no sé que dirección tomar. A veces me desvío, pero siempre termino en el mismo sendero. Voces me llaman desde la distancia. Me tientan con promesas que me cuesta no escuchar. Sonrío y sigo caminando porque temo que la tentación sea más fuerte que mi contención. Brillan dientes y suenan voces metálicas, robotizadas, como las que anuncias las estaciones del Metro, distantes, escupiendo palabras que vuelan y se pegan a mis tímpanos como estuvieran cubiertas de miel. Sacudo la cabeza y lucho contra la dulzura. De pronto un sabor amargo invade todo el ambiente. Las nubes pasan, cargadas de agua, aúllan los lobos y se quiebran los tallos verdes de la primavera. Mis manos se alargan y rozan con las yemas el oro que me tienden. El brillo rojizo de rubíes amontonados sobre la palma extendida del diablo encorbatado deslumbra mis ojos. Paso de largo y la piedra se vuelve líquida y gotea, densa y escarlata, hasta caer sobre el asfalto. Veo piernas que se alargan y me ponen la zancadilla. Cada vez me cuesta más levantarme cuando caigo. Incluso creo que estoy empezando a perder mi brazo izquierdo, el que siempre juré que mantendría. Al fondo veo la playa, y la llamada de Iris Murdoch me arrastra hacia ella como el metal a los imanes. Salgo del paseo y noto el susurro del viento que me trae los gritos de quienes dejé atrás con las manos oferentes. Escucho las olas y el gemido desesperado de una voz de mujer. “El mar, el mar”. Meto la mano en el bolsillo y saco un granito de arena que traigo desde el asfalto. Lo dejo caer y por un instante lo veo, único y orgulloso; pero el viento arrastra más piedras y se pierde entre ellas. Me arrodillo a buscarlo, y mientras escarbo desesperadamente pierdo ambos brazos. Me levanto y llamo chillando a mi granito de arena. Soy la Venus de Milo en mitad del desierto. El siroco ni siquiera me devuelve los gritos, llevándoselos lejos dónde no puedo ni sentir los átomos de oxígeno que han desgarrado a su paso. Estoy sola, me he desprendido de algo muy mío y ya no lo tengo. No he recibido nada a cambio. Noto el peso de unos granos de gravilla en el bolsillo. Aumenta por momentos. Los quiero. Son míos y allí van a quedarse. Me arrastro hasta el asfalto y voy dejando un reguero de sangre a mis espaldas. Digo que sí a quienes dije “no” y ahora debo pagar las consecuencias de mi negativa. Se ríen de mí y dicen que siempre es igual. Me agarran un dedo, colocan un anillo para que selle todos los documentos que pongan entre las manos y me conducen hacia las calles abarrotadas. Tengo un instante para mirar hacia atrás, porque echo de menos un sonido que ya no retumba en mis oídos. Sólo por un momento, el tiempo justo que me conceden para girar la cabeza, lo veo yaciendo empapado entre la arena de la playa. Suenan campanas a lo lejos, que anuncian con alegría la muerte de un ser querido. Me separo del suelo cientos de metros, enlatada en un ascensor de plata. Mientras me acomodo en la silla de mi despacho voy pensando un buen epitafio para mi corazón.

En el café.

- No sé de qué te extrañas. El amor duele.

- ¡Qué gilipollez!

- ¡Mira a tu alrededor y dime que no es verdad!

- El amor no duele, lo que duele es el dolor. Y es una soberana estupidez pensar que por necesidad tienen que ir asociados: ésta es la excusa de quien no quiere arriesgarse a abandonar lo que tiene y empezar una nueva historia. Es la vía cómoda, la resignación de quien prefiere quejarse y sufrir que lanzarse a la aventura...

"Do you want to play?", Jewel

She lived beneath the
Disco discount store
With pictures of Randy Newman
Scattered all across the floor
I said "This place
Looks sort of desolate"
She said
"Are you only half alive?
Or have you always
Been this inarticulate?"
Oh
Do you want to play?

Sola

Sola, está sola. Y a veces se pregunta si hay un motivo.Rodeada de gente mientras camina por la calle, aplastada contra unos cuantos mientras espera a que el autobús llegue a su parada, acordonada por personas en todas partes y a todas horas. Pero sola.
A veces camina, sin rumbo, simplemente por el placer de sentir el aire plateado del invierno cuarteando su piel como la hoja de un cuchillo. Piensa. Otras veces simplemente se deja llevar por la melodía de alguien a quien ni siquiera pone cara. Una voz que dice sentirse tan sola como ella. A veces incluso sangra, y si no estuviera sola alguien vería corrientes escarlata chorreando a través de sus dedos. Pero está sola, y su sangre invisible mana constantemente sin que nadie lo advierta.
Y es ahí cuando piensa en si puede creer que sufre una injusticia, en si es correcto ser condescendiente con ella misma. Y piensa que es cierto que está sola, sola como el eco de un grito que se pierde en un barranco, como un náufrago en una isla, como un pez en un acuario a quien nadie ha buscado compañía. Pero no está irremediablemente sola. En alguna parte del mundo hay gente de esa que sería capaz de leer su pensamiento y ver cómo se desangra. Gente que podría presionar con la yema de un dedo justo encima de la herida para cortar la hemorragia. El problema es que ella no ha tenido la suerte de encontrarla.
Piensa en si es injusto quejarse por ser desafortunada, por sentirse tan terriblemente sola.
Camina mientras la corriente destroza su pellejo. Está cansada y se sienta en un banco del centro comercial en el que ha entrado casi sin darse cuenta. Observa como en el suelo se va extendiendo el líquido carmesí como mercurio derramado.
Sigue pensando en la justicia y en la injusticia, absorta, enajenada, y decide que tiene todo el derecho del mundo a quejarse. Se concede un instante de indulgencia. Y justo en ese momento escucha un golpe frente a su cabeza gacha.
Y le ve. En el suelo, en mitad de su charco de sangre. Se acaba de resbalar. Ambos se miran y él lee sus disculpas en sus pupilas.
Ella sonríe. Puede que su suerte esté cambiando.

Ojos abiertos de par en par

Hace exactamente quince minutos estaba estudiando para el examen final de matemáticas que vendrá, con todas sus consecuencias, el miércoles de la semana que viene.

No sé por qué pero algo me ha obligado a levantar la cabeza y mirar al exterior, a la calle, dónde la tarde caía como gotas de lluvia al principio de la tormenta, tímida pero incesantemente.

He visto lo que veo todas las mañanas al levantar la persiana y darle los “malos días” al mundo. A nadie le gusta levantarse los lunes a las siete y media.

Como digo, he visto lo de siempre, pero esta vez ha sido distinto. Generalmente observo el parque que se extiende bajo mi ventana de manera objetiva. Veo una rosa roja cortada o una mancha en la fachada de enfrente. Nada más.

Ni yo misma sé por qué hoy todo ha cambiado. Puede que no haya ningún motivo, que haya sido uno de esos momentos en los que abres los ojos un segundo para luego cerrarlos de nuevo, o quizá hay tantas razones que no puedo distinguirlas una por una.

Sólo sé que esta vez he pensado en quién habría cortado la rosa roja y cuál es el motivo que le ha llevado a hacerlo.

He mirado las ventanas del edificio de enfrente y me he preguntado por qué hay algunas con las cortinas abiertas y otras con el visillo echado. Puede decirse que me he dado cuenta de que dentro de cada vivienda hay una historia, que no sólo estoy yo en este mundo mudo y receloso que se esconde tras puertas blindadas.

Ha sido un momento de lucidez como los que tienen tantas otras personas como yo que no se paran a pensar en la belleza de una puesta del sol de junio sobre la hierba verde y los rosales en flor.

Parecerá insuficiente, pero ver el cielo abierto y amarillento sobre el polen que flota en el aire como plumas justo después de desgarrase una almohada hace que me de cuenta de que siempre, siempre, dentro de los momentos malos hay instantes de verdadera felicidad.

Les enseñaría una fotografía del parque en ese preciso segundo si la tuviera, pero creo que nadie sentiría exactamente lo que he sentido yo, porque unos ven señales donde otros sólo casualidades.

Creo que mi memoria se cimenta principalmente en estos instantes tan breves e intensos, ya que no tengo mejor recuerdo que el de la vista de Madrid al atardecer desde la carretera de la Coruña cuando vuelvo de las vacaciones de verano, con los rayos del sol incidiendo sobre las ventanas de los edificios de oficinas; o el brillo de esa sonrisa que me hace saber que no estoy sola; o... Ahora me viene uno muy especial a la mente. Creo que es uno de los mejores recuerdos que poseo porque aún está fresco como el cemento de las aceras donde quedan las pisadas de algún transeúnte despistado. ¿Recuerdan aquella nevada del invierno pasado? ¿Esa del mes de Enero que cubrió todas las calles como una alfombra de flores blancas? Recuerdo que escuché desde la cama a mi madre diciéndole a mi padre que se asomara por la ventana, que había nevado. Me levanté apresuradamente y levanté la persiana. Lo que vi no se me olvidará jamás.

La nieve se extendía sobre la hierba y las aceras; blanca, pura, sin haber sido pisada ni una sola vez, como la mente de un niño que aún no ha perdido la inocencia; bajo un cielo morado que despedía a su última estrella de la noche. Tuve que hacerle una fotografía que ahora tengo colgada en mi habitación. Cada vez que la miro siento que, por fortuna, todos tenemos de vez en cuando un momento así en la vida.

Creo que es una de las dos mañanas de lunes en que he gritado “buenos días” al mundo que despierta.

La otra fue el día que nací.

Un lunes del mes de Enero, cuando aún era de noche.

Una noche morada.

No existen las casualidades.


Junio de 2006

Song of myself. XXIV

Unscrew the lock from the doors!

Unscrew the doors themselves from their jambs!
Whoever degrades another degrades me,
And whatever is done or said returns at last lo me.
Through me the afflauts surging and surging, through me the current and index.
I will accept nothing which all cannot have their counterpart of on the same terms.

Walt Whitman.